La estrella es el burro

Empieza a resultar ya algo cansino que se le den tantas vueltas de tuerca a los cuentos y relatos tradicionales como recurso inevitable de todo producto de animación digital que se precie de estar al día y en sintonía con la posmodernidad fragmentaria, descreída y juguetona del píxel y las 3D. De igual forma, ya lo avisábamos la semana pasada, y consecuencia directa de estas relecturas iconoclastas y gamberras (tampoco es para tanto), el mundo animal parece ocupar un protagonismo antes relegado a los personajes humanos, un cambio de papeles y roles que hace de burros, abejas e insectos de todo tipo los nuevos reyes antropomorfizados de la taquilla infantil con moraleja. En esta tesitura, era de esperar que el Quijote de la Factoría Filmax, responsable de también de El Cid, Gisaku, Pérez, el ratoncito de tus sueños o la reciente Nocturna, otorgara el protagonismo a Rocinante y a Rucio antes que al ingenioso hidalgo y a su fiel escudero Sancho. Nada que objetar a la operación, lógica y previsible. Sí que resulta ya más molesta la actualización a toda costa del relato cervantino, que se empeña en poner gorra de béisbol y zapatillas de deporte (véase el título, toda una declaración de principios comerciales) a unas andanzas de indudable vocación internacional que y que apuesta aquí antes por la americanización del producto que por la reivindicación de todos los elementos autóctonos que hacen de El Quijote uno de los productos más universales y exquisitos de nuestra cultura.

Así las cosas, emparentados nuestro flaco jamelgo y nuestro asno parlanchín con los personajes de la Pixar y sus muchos derivados, lanzados a la aventura paródica y autorreferencial por una Mancha que se funde con la Inglaterra medieval o las llanuras del far west, Donkey Xote se deja ver con cierta fatiga entre chiste y chiste.

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