La eterna seducción del cuarteto

Programa: Cuarteto en Si bemol mayor, op 1, nº 1, de F. J. Haydn; Cuarteto en Fa mayor, de M. Ravel; Cuarteto en Sol menor, op. 10, de C. Debussy. Intérpretes: Olivia Hughes y Carole Petitdemange, violines; Lea Boesch, viola; Joëlle Martínez, chelo. Lugar: Teatro de la Maestranza (Sala Manuel García). Fecha: Miércoles, 24 de octubre. Aforo: Dos tercios.

No parece decaer la atracción sobre los músicos de cuerda por la formación de cuarteto, pues continuamente se renueva la nómina de estas agrupaciones, renovando a los nombres ya míticos y demostrando con ello que hablamos de la formación camerística por excelencia y de la experiencia de intimidad sonora más profunda y enriquecedora.

Una de estas nuevas formaciones, el francés Cuarteto Ardeo, abrió la serie de conciertos de esta temporada en el Maestranza con resultados más que notables. Las jóvenes intérpretes mostraron la serenidad y el punto de arrojo juvenil como para poner en sus atriles dos obras de la envergadura de los cuartetos de Ravel y de Debussy.

Pero antes abrieron la noche con una lectura fresca y ágil del primero de los cuartetos de Haydn, al que supieron otorgarle ese aire de galantería y de ligereza mediante una articulación liviana, golpes cortos de arco, rubato muy medido y vibrato contenido al máximo. A destacar la flexibilidad en el fraseo en los continuos cambios de dinámicas en el Presto final.

La adaptabilidad estilística de este conjunto quedó al descubierto en la manera en que definieron su sonido nada más atacar los primeros compases del cuarteto de Ravel. Lo que antes había sido transparencia y sutilidad sonoras era ahora densidad y profundidad; los ataques más intensos, los golpes más largos, el hincapié en las notas graves más acuciante, la vibración de las cuerdas más liberada. Con ello, la magistral obra sonó con una enorme paleta de matices de color, entre los que cabría destacar la especialmente ensoñadora tonalidad de los pasajes con sordina, en los que la estupenda viola de Boesch dejaba oír su voz lánguida. Supieron sortear el riesgo de melosidad en el Très lent, donde en esta ocasión fue el chelo de Martínez el que brilló por momentos.

Igual de sutil y delicada fue la versión de la obra de Debussy, matizada al máximo.

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