Crítica de Cine

El falangista anacoreta

Karra Elejalde, en la película. Karra Elejalde, en la película.

Karra Elejalde, en la película.

A vueltas con la Guerra Civil y ambientada en el interior rural del País Vasco, la novela de Ramiro Pinilla La higuera de los bastardos (Tusquets) se subía al carro de la memoria histórica en clave de realismo mágico y esperpento celtibérico a propósito de la (improbable) redención de un pistolero falangista decidido a expiar sus culpas en el terreno que un día viera sus poco honrosas y expeditivas hazañas asesinas.

Ana Murugarren (Tres mentiras) adapta y dirige la versión cinematográfica de una novela que, a buen seguro, funcionaba mejor sobre el papel. Lastrada por un tono impreciso y por un lamentable uso de la música, la película se propone como una estoica apuesta espacio-temporal por mantener a flote una única idea, a saber, el aguante pertinaz de un anacoreta iluminado (Elejalde, único pilar sólido del filme junto a Aniorte y su personaje) como símbolo de la resistencia interna y la conciencia moral del bando de los vencedores en una España de fachas de bigotillo, caciques provincianos, alcaldes de quita y pon, beatas de la Sección Femenina, milagros de ermita y vecinos entrometidos y traidores. La parábola no termina de coger vuelo ni tampoco recorrido narrativo, en una cansina tendencia a la repetición que más bien se diría estancamiento y escasez de ideas propias para trascender el texto escrito.

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