Crítica de Música

La falibilidad del Papa

Concerto Italiano, dirigido por Alessandrini, durante su actuación en la iglesia de la Magdalena. Concerto Italiano, dirigido por Alessandrini, durante su actuación en la iglesia de la Magdalena.

Concerto Italiano, dirigido por Alessandrini, durante su actuación en la iglesia de la Magdalena. / juan carlos muñoz

Cuando, allá por 1610, el papa Pablo V rehusó la contratación de Monteverdi para la Capilla Sixtina dio la espalda a la modernidad musical; sus Vísperas, a él dedicadas, inauguraban -como en este Femás- una nueva época de la música religiosa, que cerraría Bach -también lo hará en este festival- con sus Pasiones.

El concertato, o sea, los contrastes de texturas e instrumentaciones, sería la clave del nuevo estilo; Alessandrini nos los mostró de forma diáfana en una versión impoluta, de una transparencia tal que parecía que estábamos leyendo la partitura más que escuchándola, y ello pese a la muy resonante acústica de la Magdalena. Afinadísimos casi siempre instrumentos y voces -planas y limpias estas-, la belleza del sonido y la precisión en la concertación fueron virtudes siempre presentes.

A cambio, los de la partitura -no pocos- fueron los únicos contrastes; tal vez faltó un punto más de valentía en colores y dinámicas para abrillantar tan irreprochable interpretación. Usaron los italianos, al contrario que el Coro Barroco de Andalucía en el Femás de 2010, solo una voz por parte (o sea, por línea de pentagrama); en una iglesia de grandes dimensiones, el conjunto pudo oscilar apenas entre dinámicas de mezzoforte y forte -ahí con las tiorbas a punto de romperse- para proyectar adecuadamente un sonido más madrigalístico que coral.

El elenco vocal -el tiempo pasa- fue más cercano al de la reciente grabación de las Vísperas de San Marcos que al de las de la Virgen de 2004 del propio Alessandrini. Voces en general de calidad y muy al ortodoxo estilo historicista -nada vibradas, limpias, homogéneas y bien colocadas-, mostraron semejantes virtudes y límites. Se echó en falta algo más de teatralidad, de riesgo y personalidad diferencial, y en algún caso -sopranos en el registro grave- algo más de potencia, pero era imposible no admirar la belleza del timbre de Valerio Contaldo, el detallismo de Raffaelle Giordani -magníficos ambos en el Duo Seraphim-, el poderío sonoro de los barítonos Scavazza y Borgioni, la solidez de los bajos, la claridad de Francesca Cassinari y la agilidad de todos en los velocísimos pasajes disminuidos de Monteverdi.

Los instrumentistas cumplieron con redondo sonido -brillantes en la Sonata- su papel de acompañantes desde un segundo plano, abrochando así una versión religiosamente austera pero sobradamente eficaz. Y eso, cuando la música es tan buena, es mucho.

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