Sobre la fraternidad y la poesía

  • Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes dialogan sobre sus últimas creaciones en un sentido encuentro en el que reconocieron sentirse como "algo más que hermanos".

Entre otros amigos, Almudena Grandes y Luis García Montero insistían a Felipe Benítez Reyes para que novelara ese pueblo en el que coinciden en verano, Rota, la localidad natal del autor de El novio del mundo, ese sitio "extraño" en palabras de García Montero, perteneciente a "una Andalucía de sacristanes, guardias civiles y casas blancas, en la que de pronto desembarcó la flota norteamericana y con ella el rock, los coches... Se creó un clima de libertad y tolerancia, también de matices, que estaba esperando una novela".

En un encuentro en el que estuvieron acompañados por la directora del Centro de Estudios Andaluces, Mercedes de Pablos, y por el director del Centro Andaluz de las Letras, Juan José Téllez, Benítez Reyes y García Montero pudieron hablar ayer en la Feria del Libro de Sevilla de esa novela, al fin, ambientada en Rota -también en otros escenarios donde su autor ha vivido, Cádiz y Sevilla-, El azar y viceversa (Destino). Pero el diálogo permitió asimismo que ambos escritores aludieran a otra patria, la del verso, gracias al último libro de García Montero, Balada en la muerte de la poesía (Visor).

No hubo mucho tiempo para desentrañar las claves del regreso a la novela de Benítez Reyes tras un largo paréntesis, un relato complejo y extenso en el que el roteño vuelve a exhibir su maravillosa prosa y esa cálida ternura con la que perfila a sus personajes. A través de la peripecia de "un menesteroso que anda por ahí inventándose un destino", el autor explora la "triple vida" de todos, dividida entre "lo que creemos ser, lo que quisiéramos ser y lo que en verdad somos". "Me da la impresión -argumentó ayer, ante el público de la Feria del Libro- de que el concepto de identidad es más inestable de lo que solemos pensar. Todos queremos buscar nuestro lugar en el mundo, tener una conciencia y un pensamiento ordenados, pero creo que somos más bien fantasmagorías sucesivas. Nadie tiene una identidad inalterable, monolítica, sólo unas condiciones que dan coherencia a lo que hace. En todas las vidas hay golpes de timón que te llevan a sitios inesperados".

En esta ocasión, Benítez Reyes no le pasó el texto a García Montero antes de su publicación, como es costumbre en ellos, por "pudor, porque eran 500 páginas y no había tiempo", pero en la conversación surgió la estrategia con respecto a los borradores que pactaron en la pandilla gracias a una sugerencia de Joaquín Sabina. "La regla es que cuando nos pasemos poemas, narraciones o la maqueta de un disco, si lo hacemos antes de que se publique podemos ser crueles y sacarnos los huesos, los peores defectos, para arreglar el trabajo. Ahora, en cuanto se publica el libro o el disco todos somos una piña y lo que toca decir es que la obra es genial", revelaron.

García Montero sí consultó a su amigo -"algo más que un hermano, porque la vida, aparte de la familia, te da otra familia mayor que es la de la amistad"- ante las inseguridades que le causaba Balada en la muerte de la poesía, "un libro que se salía de lo normal, porque uno tiene que hacer cosas distintas para conmoverse". Esa obra arriesgada en la que el autor se imagina la muerte de la poesía "y en esa experiencia lo que fui sintiendo es que si desapareciera la poesía no lo haría sólo un género, sino lo mejor de la condición humana", que deriva en un final esperanzado -"va quedando un mundo descarnado, un tiempo de usar y tirar y no un tiempo literario que es el que nos da dimensión humana, por eso los poetas que se reúnen en la muerte de la poesía vuelven a su casa para escribir algo por lo que merezca continuar"-, le pareció a Benítez Reyes "una manera de demostrar lo que la poesía tiene de introspección, de reflexión, de interpretación del mundo y de uno mismo, de sondeo en las incertidumbres. Es una balada mortuoria que acaba siendo una oda de resurrección".

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