Crítica de Teatro

El futuro asesino

Pablo Espinosa e Israel Elejalde, en 'Tebas Land'. Pablo Espinosa e Israel Elejalde, en 'Tebas Land'.

Pablo Espinosa e Israel Elejalde, en 'Tebas Land'. / vanessa rabade

Tebas Land cuenta con demasiadas capas, y justo funciona mejor cuando se va despojando de ellas y se le nota el esqueleto (y al mismo tiempo se comprende, o al menos así lo hicimos nosotros, que lo lúdico siempre estuvo antes que las grandes reflexiones, o al menos sobrevolándolas).

El entramado escénico -presidido por la jaula que encierra a los personajes y que instituye la primera trama que obstaculiza la visión del espectador-, el juego de cajas, de desdoblamientos, de tiempos, incluso de pantallas, genera un espesor que si mantiene el interés hiere la espontaneidad. Al cine nunca le importó que un plano supusiera un cambio de dimensión con respecto al que le antecedía, pero en el teatro este ir-y-venir resta contundencia a su fragilidad constitutiva. Tebas Land, por momentos, es una obra que se queda sin aliento mientras vamos penetrando en su laberinto y el maestro de ceremonias se siente en la obligación de nombrar cada giro del supuesto docudrama.

Pero, como decíamos, lo mejor llega cuando todo se nos va olvidando, las implicaciones de la escena, la reja de tres metros, la cámara de vigilancia, las cuitas sobre la mímesis y las dobleces de la representación e incluso las derivas culturales y exegéticas (Sófocles, Dostoyevski, Freud, Pasolini...) que se desprenden de la historia del joven parricida y su potencial trasfondo mitológico. Y es que, al final, todo este velamiento no había enmascarado, verdaderamente, sino una relación que poco a poco va saliendo a la luz, la de un actor con muchas tablas (Israel Elejalde) y otro que se abre paso (Pablo Espinosa), estableciéndose la provechosa dialéctica que en estos casos puede darse: el maestro enseña al pupilo, le va llevando al terreno que más le interesa, y, finalmente recibe de éste lo único que atesora, la frescura e inocencia del que empieza (y su condición, como se decía en aquella vieja película de Herzog, de "futuro asesino").

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