Crítica 'Las mil y una noches, Vol. 1: El inquieto'

El gallo fantástico

Las mil y una noches, Vol. 1: El inquieto. Drama, Portugal-Francia-Alemania, 2015, 125 min. Dirección: Miguel Gomes. Guión: Telmo Churro, Miguel Gomes, Mariana Ricardo. Fotografía: Mário Castanheira, Sayombhu Mukdeeprom. Sonido: Vasco Pimentel. Intérpretes: Miguel Gomes, Carloto Cotta, Adriano Luz.

Cómo dar cuenta de la crisis que ha asolado Portugal y sus gentes sin renunciar a la obligación de contar relatos maravillosos, cómo conjugar el compromiso con la necesidad de evasión, cómo dar forma a un cine libre en el que quepa todo eso.

Ese es, nada menos, el propósito de la nueva empresa cinematográfica de Miguel Gomes (Aquel querido mes de agosto, Tabú), un proyecto ambicioso y alambicado de "etnografía fantástica", como lo llamó nuestro colega Crespo; una historia de historias, de aquí y ahora, de allá y de siempre, un proyecto fraguado además bajo la misma crisis que azotaba administrativamente al cine portugués y que sólo con la ayuda de la coproducción europea pudo ver la luz para llegar triunfante a Cannes en 2015.

A un año vista de aquella presentación, pasada ya también la larga gira festivalera de la trilogía, Las mil y una noches desembarca en la cartelera para poner realmente a prueba su condición de híbrido fabulador, testimonial y político, de ficción que nace y muere en lo real, de relato polifónico doloroso y satírico capaz de urdir, en un trazo continuo, el poder evocador de la palabra y la autoconciencia reflexiva del cine.

La primera de las tres partes de este filme es la más programática, la que enseña sus cartas e instrucciones de uso: Gomes se confiesa antes de perderse, y anuncia sus objetivos enterrado en la arena. A partir de ese momento, con Sherezade como pretexto, El inquieto nos lleva por diversos rincones del Portugal herido y hace oír las voces anónimas de los parados de los astilleros de Viana do Castelo, pero también la de los apicultores, la de las vírgenes de la Isla de Bagdad, la de un emperador chino, la de un gallo de canto extemporáneo que molesta a sus vecinos, la de una troika y unos políticos de sainete maldecidos con una erección eterna, la de unos niños que juegan al amor adulto entre incendios y mensajes de texto o la de un sindicalista cardiaco salido de las entrañas de la ballena y empeñado en que sus vecinos de Aveiro se den ese necesario baño de primero de año que purifique las miserias y augure una buena nueva para el futuro.

Gomes consigue encajar ese ambicioso puzle aunque haya que forzar alguna pieza desde el simbolismo o la metáfora fáciles, y lo hace usando elementos primarios, la voz narradora que entra, sale y se desdobla, la musicalidad encabalgada, la luz transparente y cálida del territorio, pero también los rótulos que visualizan diálogos interiores.

Sólo el tiempo dirá si Las mil y una noches es realmente el-gran-filme-humanista sobre la crisis (la portuguesa, también la nuestra) salido de la propia crisis que quiere ser.

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