¿Habría que hacer santo a Kennedy?

Trasgo Prod., Focus, Lazona y Ayto. Fuenlabrada. Autor: Robert Patrick. Adaptación y dirección: José María Pou. Intérpretes: Emma Suárez, Fernando Cayo, Ariadna Gil, Alex García y Maribel Verdú. Escenografía: Ana Garay. Iluminación: Juanjo Llorens. Audiovisuales: Álvaro Luna. Vestuario: Ana Garay. Maquillaje y peluquería: María García. Producción: Nicolás Belmonte, Marisa Pino y Carlos J. Larrañaga. Lugar: Lope de Vega. Fecha: 30 de abril. Aforo: Completo.

Hay épocas y personajes históricos que han encontrado su sitio en el imaginario colectivo. Akenatón, padre de Tutankamón, en el Egipto de los faraones; Alejandro Magno, en la Grecia clásica; Corazón de León, en la Edad Media; los Borgia, en el Renacimiento; los Tudor, en la Inglaterra pre e Isabelina... En nuestra contemporaneidad, la figura de Kennedy se ha ido alargando y ensanchando hasta convertirse en uno de ellos. Los tres años en los que gobernó este católico en el Imperio fueron convulsos pero llenos de esperanza, una especie de utopía que no todos conocen en su trayectoria vital. En la España del siglo XX tuvimos la segunda república y la transición: espacios temporales que supieron aglutinar la ilusión de millones de personas y que supusieron fuerzas internas de la sociedad en la que los cambios se convirtieron en el pan de cada día.

Los hijos de Kennedy recoge la amargura de lo post. Una cosa es el sueño y otra muy diferente lo que queda cuando uno se despierta. Robert Patrick montó esta obra en el año 1973. Como se dice en la noticia que me precede, a finales de los 70 se estrenó en nuestro país con María Luisa Merlo en su reparto. Estamos ante una revisión a cargo del mismo director, José María Pou, y con un elenco de primer orden. Cinco personajes en escena, cada uno con su monólogo, desgranan lo que ellos vivieron, lo que pudo haber sido y, finalmente, lo que fue.

Dicen que la historia es cíclica, que la utopía es esa cosa que nos sirve para avanzar, aunque siempre estemos luchando contra los mismos poderes oscuros. La obra suena a documental, a quien se sabe la historia le aporta poco, incluso puede parecer que sus personajes son demasiado infantiles, pero para eso están las estrellas, para que todo sea más bello.

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