Un homenaje en Viena

  • Primera retrospectiva internacional del García Pelayo cineasta

"Es como La Maman et la Putain de Eustache reescrita por Joyce colocado de Viagra". Las palabras, que fueron dichas en inglés, son del crítico vallisoletano Álvaro Arroba -kurator de la retrospectiva que la Viennale le dedicó la pasada semana al cine de Gonzalo García Pelayo-, y sirvieron para abrir el debate posterior al pase de Vivir en Sevilla ante el auditorio de vieneses que abarrotaba la bella y algo lúgubre sala del Stadtkino im Künstlerhaus. De pie estaban Arroba, Gonzalo y su hermano Javier y José Enrique Izquierdo, el operador que supo rodar Sevilla como muy pocos lo han hecho, lejos de las escalas tradicionales de planos, a veces subido a un ojo como divino (pero de una deidad no académica ni preciosista), otras a ras de suelo en travellings morosos, autárquicos, magníficos. Frente a ellos, el respetuoso público vienés -también había españoles, que reían los detalles más intraducibles, e incluso representantes de la Embajada, correctos y posiblemente atónitos-, que acababa de recibir la inolvidable sobredosis de estímulos auditivos: la verborrea imparable, abrupta y jazzística de Miguel Ángel Iglesias, la delirante de Toto Estirado, la guadianesca de Silvio, la onomatopéyica de El Niño del Taller; y visuales: la Macarena en la calle, el Farruco hiriendo las tablas hasta detener la película, la peregrinación al Palmar de Troya, las mujeres sobre las que se esparce la mirada deseante del cineasta, el bullicio sinestésico de los barrios populares y sus paisanos, estampas de una vida distinta, de una crisis distinta, de una esperanza posible y una ciudad otra. Y el público, muy bien educado por la Viennale y el fabuloso Filmmuseum en los bajos del Albertina, respondió como era de esperar de una audiencia sobrepasada y extasiada: aplaudiendo y, sobre todo, quedándose masivamente a escuchar esas palabras que pudieran nombrar y aclarar el exceso. Ahí estuvieron los Pelayos, lejos de los casinos.

Como muy bien supo ver el crítico portugués Francisco Ferreira durante el pase vienés de Alegrías de Cádiz, hay algo heroico en el cine de Pelayo; también en la actitud de los que han logrado que éste llegue a escaparates tan estimulantes como el Bafici de Buenos Aires o la Viennale, allí donde uno se cruza con James Benning, Jean-Pierre Léaud, Sandro Aguilar o Mati Diop sin fotógrafos ni alcaldes cerca. Es una gran noticia para el cine andaluz y español que ha pasado desapercibida, quizás porque precisamente tras estos tránsitos los socorridos apellidos dejan de tener interés, pues se entra para siempre en otra clase de parentesco.

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