La voz del humanista 'indignado' se apagó de forma sencilla y sin publicidad

Con José Luis Sampedro se va el escritor, el economista y el académico pero, por encima de todo, el humanista, un referente intelectual y moral que en sus últimos años vio cómo su mensaje cívico se sumaba al del francés Stéphane Hessel (fallecido el pasado mes de febrero), cuyo alegato en pos de la regeneración plasmado en Indignaos se convirtió en una suerte de fetiche para los simpatizantes del 15-M. Sampedro se ha marchado sin hacer ruido, como él pidió expresamente por escrito: "De forma sencilla y sin publicidad". Pero, eso sí, con los deberes hechos, después de haber dejado lecciones de vida tanto en sus libros como en sus declaraciones públicas.

"Dentro de cada uno de nosotros hay infinidad de cosas que no llegamos a desarrollar, y el verdadero desarrollo está en que cada uno llegue lo más alto posible en su conocimiento", decía el escritor en una entrevista en 2011, con motivo del estreno de la adaptación teatral de su famosa novela La sonrisa etrusca. Y continuaba: "Ese intento de conocimiento vendría bien hasta para la economía, porque seríamos más justos, más equilibrados y no habría tantos choques entre los que tienen y los que no". Palabras en sintonía con su defensa constante de "una economía más humana, más solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos".

Nació en Barcelona en 1917 y pasó su infancia en Tánger, donde su padre estaba destinado como médico militar, y de regreso a España en 1935 aprobó unas oposiciones para técnico de Aduanas. Como tal se marchó a trabajar en Santander y allí le sorprendió la Guerra Civil. Doctorado en 1946 en Económicas, se dedicó durante más de 30 años a la docencia en la Escuela de Periodismo y en Económicas. En 1969 abandonó la Universidad y fue profesor visitante en Salford y Liverpool. A su vuelta, en 1972, desempeñó la cátedra de Ética en la Complutense.

Su faceta de economista (entre sus antiguos alumnos se cuentan los ex ministros Carlos Solchaga y Miguel Boyer) la alternó siempre con la escritura. Su primera novela, La estatua de Adolfo Espejo, la pergeñó en Santander a los 19 años; luego siguió La sombra de los días. No las publicó, pero esta pasión fue ya imparable, al igual que su amor por el teatro: su obra La paloma de cartón ganó el Premio Nacional de Teatro Calderón de la Barca en 1950. Congreso en Estocolmo (1952), El río que nos lleva (1961), Octubre, octubre (1981), La vieja sirena (1990) y El amante lesbiano (2000), amén de por supuesto La sonrisa etrusca, publicada en 1985, son algunas de sus novelas más destacadas.

Premio Nacional de las Letras 2011, condecorado con la Orden de las Artes y las Letras de España, Sampedro fue en sus últimos años un hombre enamorado. Pudo serlo gracias a Olga Lucas, una traductora y poeta nacida en Toulouse en 1947 con la que se casó en 2003. Él tenía su "teoría de los bueyes". "Yo me apoyo en ella y ella en mí", explicaba. Se conocieron en un balneario a finales de los 90 y ya no se separaron nunca. Caminaban por los paisajes con dragos en Canarias, por Mijas y por Madrid. Juntos crearon Escribir es vivir (2003) y Cuarteto para un solista (2011).

"Yo estoy feliz, feliz, en estos días finales de mi vida", decía este viejo profesor en su casa madrileña hace unos meses. Ha muerto antes que Olga, como él deseaba, porque si hubiera sido al contrario, solía advertir, no hubiera querido continuar. Alto, con ojos tiernos y grandes, como un búho que no quisiera perderse nada, enmarcados en unas grandes gafas de pasta, y con la barba y el pelo blanco siempre cortado a cepillo, José Luis Sampedro emanaba ternura. Un sabio de estirpe griega, un hombre humano y paciente cuyo pensamiento seguirá latiendo en todos sus libros.

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