Cuando un húngaro sueña pesadillas americanas

Si usted va por una carretera norteamericana y necesita descansar, tiene una avería o por cualquier otra razón se ve obligado a pasar la noche antes de llegar a su destino; si en esa situación da con un motel situado en una carretera secundaria del que cuelga el cartel Vacancy (habitaciones disponibles) y se mete en una habitación rutinariamente sórdida, seguro que desde el primer momento se acuerda de Sir Alfred Hitchcock y del motel que regentaba Norman Bates. Y tal vez se vaya. O no. Es lo que le ha pasado al realizador Nimród Antal -norteamericano de ascendencia húngara formado en su país de origen y vuelto a los Estados Unidos tras el éxito de su violento film negro Kontroll- en su debut americano. Mete a sus protagonistas -un matrimonio al borde de la ruptura (Luke Wilson y Kate Beckinsale) tras la muerte de su hijo- en un motel de carretera secundaria en el que se oyen furiosos golpes en el tabiqueý Aunque en la habitación de al lado no haya nadie. Antal ha elegido bien al utilizar a Hitchcock como brújula para orientarse en el mercado americano tras su regreso a su país natal. El problema es que el maestro inglés, como todos los grandes de la primera generación, no tuvo discípulos. Sí imitadores de escasa entidad (De Palma), pero no discípulos. Antal, quizás por ser también de formación europea, quizás por utilizar el referente a la vez clásico y mítico sólo como punto de partida o guiño de complicidad, y también por tener tan presente al Hitchcock televisivo (A. H. presenta) como al cinematográfico, apunta mejores maneras.

Es inteligente el salto que da -las ciencias adelantan que es una barbaridad- del ojo de Anthony Perkins espiando a través del agujero en la pared a Janet Leigh a las cámaras que filman las sangrientas orgías en las que son masacrados los clientes del motel: el voyeurismo personal de 1960 se ha convertido en colectivo en 2007 gracias a ese don que tiene el ser humano para convertir las creaciones del progreso en servidoras del mal.

Es inteligente el tono angustiosamente claustrofóbico que imprime a la película, controlado al límite de la tensión hasta que estalla con algún exceso gratuito que podría haberse ahorrado. Y son extremadamente inteligentes las elecciones del director de fotografía Andrzej Sekula (Reservoir Dogs, Pulp Fiction, Hackers), del diseñador de producción Jon Gary Steele y del director artístico Chris Cornwell, creadores, gracias al admirable uso de la luz fría y a los geométricos espacios neutros (éstos sí puramente hitcockianos), de una atmósfera que se convierte en parte activa de esta exasperada y a la vez gélida historia de horror rodada con una seguridad y una sobriedad prometedoras.

La aséptica limpieza de la imagen, tan contrastante con la densa suciedad moral de la historia, recuerda el trazo limpio y la sobria inteligencia de las series americanas de fantasía de los años 50 y 60 tipo Rumbo a lo desconocido o Twilight Zone; uno de cuyos episodios más memorables, por cierto, tenía que ver con una pareja al borde de la ruptura que se detenía en un pueblecito para reparar su coche yý

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