Crítica 'The Program'

El ídolo con pies de dopaje

the program (el ídolo). Drama, Reino Unido, 2015, 103 min. Dirección: Stephen Frears. Guión: John Hodge. Intérpretes: Ben Foster, Chris O'Dowd, Jesse Plemons, Guillaume Canet, Lee Pace, Dustin Hoffman, Denis Ménochet, Elaine Cassidy, Julianne Moore, John Cusack, Robert Pattinson.

A Stephen Frears se deben las interesantes películas realistas de sus inicios (Mi hermosa lavandería, Sammy y Rosie se lo montan, Ábrete de orejas), unos cuantos churros que les ahorro y algunas muy buenas películas de género (Las amistades peligrosas, Los timadores, El secreto de Mary Reilly, Negocios ocultos, Mrs. Henderson presenta, La reina y Philomena, a las que habría que sumar su retorno al cine social con Liam). Con El ídolo se mueve en el terreno, cómodo para él, de la dramatización de hechos reales, en este caso la investigación periodística que descubrió el escándalo protagonizado por el ciclista Lance Armstrong.

Siendo tal vez el mérito mayor de Frears el de su capacidad para exprimir grandes interpretaciones, lo mejor de esta película son las actuaciones de un soberbio Ben Foster y unos excelentes Chris O'Dowd y Guillaume Canet que conforman un trío de gran atractivo dramático: el héroe que resulta ser un villano sin escrúpulos (Armstrong), el bueno en busca de la verdad (el periodista David Walsh, en cuyo libro se basa el guión) y el malo, un doctor heredero real de los ficcionales Caligari, Jeckyll o Moreau (el médico Michele Ferrari), capaz de convertir un atleta en una máquina a través de lo que llama "el programa" ("estábamos presos de los límites de la fisiología, ahora los hemos superado", dice el poco escrupuloso médico). También intervienen un muy buen Jesse Plemons y, en un pequeño papel que como siempre él hace grande, Dustin Hoffman.

Ningún malo mejor que el que se hacía pasar, no solo por bueno, sino por un luchador que tras derrotar al cáncer se convirtió en el mejor ciclista de todos los tiempos además de un solidario benefactor de la humanidad… Para al final resultar ser casi un monstruo de laboratorio, un tramposo y un obseso del éxito que formaba parte de una operación que convirtió su equipo en una organización delictiva. ¿Un malo absoluto? Más bien una víctima de la voluntad férrea y la superación. Le sirvieron para recuperar su vida deportiva, tras su enfermedad, con un esfuerzo casi sobrehumano. Y le hundió al impulsarle a someterse a tremendos tratamientos ilegales para alcanzar sus éxitos. En ambos casos actúan los mismos impulsos de ir más allá de las limitaciones de la naturaleza y la obsesión por el triunfo.

Con el doble relato de lo que podríamos llamar la creación del héroe/monstruo a través del dopaje y de la investigación periodística que lo intenta desenmascarar, Frears suma dos muy entretenidas y bien realizadas -además de sobresalientemente interpretadas en una- películas en una.

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