En la infancia del cine

Criada y educada en los brazos del gran director iraní Mohsen Makhmalbaf (El ciclista, El silencio, Kandahar) junto a su hermana mayor Samira, también directora de tres excelentes largometrajes (La manzana, La pizarra, A las cinco de la tarde), Hana Makhmalbaf debuta en el largometraje con apenas 19 años y una trayectoria previa en el documental (Joy of madness) y la poesía que arrancaba cuando apenas era una niña. Semejante precocidad y talento no se traducen, empero, en la típica película primeriza con niños a la que se mira con indulgencia apelando a la corta experiencia y al impulso juvenil de su autor. Muy al contrario, Buda explotó por vergüenza, ganadora del Premio Especial del Jurado en el pasado Festival de San Sebastián, inunda de inusitada fuerza poética una pantalla que, lejos de abusar de ese aire amateur de las pequeñas producciones mal llamadas periféricas, se preña de madurez y coherencia a partir del manejo de unos mínimos elementos, a través de una estética de la sencillez y la simplicidad, con una asombrosa capacidad para excavar en la superficie de un cierto realismo antropológico para ofrecernos un relato de corte metafórico sobre el presente incierto de la realidad afgana tras la guerra contra el ejército soviético, el cruento periodo integrista del régimen talibán y la reciente invasión militar norteamericana.

La joven Makhmalbaf asume el espíritu neorrealista y las enseñanzas de su padre o del propio Abbas Kiarostami (cuyas películas infantiles, pienso, sobre todo, en ¿Dónde está la casa de mi amigo?, resuenan aquí con un eco inevitable), para ir labrando poco a poco un terreno cinematográfico con identidad propia que consigue transfigurar el acercamiento pseudocumental de los primeros instantes hacia un paulatino distanciamiento en el que el discurso se visibiliza sobre la aparente transparencia realista del relato para proponernos un juego de espejos en el que la representación y sus máscaras (los escalofriantes juegos de guerra de los niños varones, el secuestro de las niñas en la cueva, la larga secuencia del pintalabios en el aula de la escuela) se instalan en primer plano para denunciar el estado adulto de un país atravesado por la intolerancia política y religiosa, la violencia atávica o el desprecio por la mujer.

Así, la historia de una niña cuyo único empeño es ir a la escuela como su mejor amigo se despega súbitamente de lo anecdótico para revelarse como metáfora de carencias y conflictos universales, de la misma manera que el espacio en el que se desarrolla, los alrededores de la montaña en la que los talibanes hicieron saltar por los aires una enorme escultura de Buda, alcanza también categoría de símbolo del integrismo y sus consecuencias sobre la infancia del hombre.

Consiguiendo un deslumbrante registro realista en la interpretación de los niños y niñas protagonistas, Makhmalbaf se muestra igualmente precisa y madura en un trabajo de puesta en escena que, en su aparente sencillez, y a partir de un excelente uso del formato digital, combina la cercanía de la cámara a los rostros y los gestos con ese necesario distanciamiento que, sin llegar a ser del todo autoconsciente, revela el carácter simbólico de esta hermosa película.

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