El infierno está aquí

Antes de comenzar la función, y con un teatro lleno de personalidades de todos los campos, especialmente del mundo del teatro, José Saramago, desde una pantalla, nos hablaba de la envidia que sentía por no poder estar sentado con nosotros y, sobre todo, nos avisaba de que íbamos a ver teatro "de texto", con temas tan viejos como el mundo.

Y, efectivamente, nada tan actual y tan viejo como las luchas en nombre de dios, de cualquier dios; como la intolerancia, la crueldad o el odio injustificados. Una mezcla que confluye en un hecho histórico -las luchas internas entre católicos, luteranos y anabaptistas que casi aniquilaron a la ciudad de Münster en el siglo XVII- y que se hizo literatura gracias a la mano maestra del Nobel Saramago. Un maravilloso novelista que, sin embargo, no logra convertir del todo en teatro su historia, sino más bien en una larga reflexión salpicada de hermosos momentos poéticos. Tampoco sus temas, aún con ser sangrantes, amén de muy claros y bien presentados -los falsos profetas, la moral al servicio del propio interés, la incultura como fuente de fanatismo, la crueldad innata del hombre...-, logran llegar al estómago del espectador. No olvidemos que después de salir a la luz esta pieza, en 1993, ha habido un 11-S, un 11-M y guerras cuyos métodos han ido más allá de todo lo imaginable.

Sin embargo, In nomine Dei es un impresionante espectáculo creado con el trabajo de un gran equipo de profesionales entre los que sobresale el oficio indiscutible de José Carlos Plaza. Con su gran experiencia tanto en teatro como en ópera, Plaza plantea un trabajo casi operístico, con varios coros reuniendo los distintos estratos, sociales y religiosos, y dándole a la música de la palabra un papel primordial. Un trabajo coral del que van surgiendo figuras que nos acercan el relato, como la madre con niño del comienzo (una estupenda Alicia Cifredo), o que dan un poco de distancia, por no hablar de humor, como el dúo de traidores comedores de carroña del final, guiño tal vez a esos enterradores que en Hamlet juegan con la calavera de Yorik.

Cómplices de Plaza en esta aventura han sido una escenografía de más de veinte metros de profundidad, con restos de edificios a diferentes alturas en los que los personajes se apoyan, se suben, se ocultan o se distribuyen, y una iluminación extraordinaria que los divide y los recorta a placer, ofreciéndonos hermosas instantáneas. Muy rico también el vestuario de Pedro Moreno, basado en la pintura y en la iconografía de la época. Una factura que será difícil repetir en otras plazas que no tengan un Teatro Central.

Por último, hay que resaltar el empaste y la entrega absoluta de numerosos actores que dan vida a más de cien personajes, desde los más lucidos -interpretados por Carlos Álvarez, Poika, Manolo Monteagudo o Mercedes Hoyos- hasta los más anecdóticos. Un enorme trabajo al que auguramos, además de una larga vida, que sea fuente de largas reflexiones, no ya sobre el infierno que nos ha tocado vivir sino de los infiernos que aún podemos evitar.

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