Una inmersión en la Sevilla romántica

  • Enrique Valdivieso y José Fernández López publican la primera monografía sobre la pintura hispalense del siglo XIX, en la que se incluyen algunas obras inéditas hasta ahora

No hubo entre entre ellos ningún genio, una de esas insólitas figuras que por sí solas "llenan una época", pero sí creadores "de primera fila", una nómina de autores de calidad "irrebatible" que convirtieron Sevilla en el foco de mayor interés de la pintura romántica española, una escuela que despierta cada vez más atención entre los historiadores del arte. Ahora un libro con visos de convertirse en referencia obligada para estudiosos y aficionados propone, por vez primera, un recorrido por todos esos pintores del siglo XIX unidos por el vínculo común de su formación en torno a la tradición murillesca.

Los autores de esta obra "única", titulada de modo genérico Pintura romántica sevillana para subrayar su condición de monografía exhaustiva, son Enrique Valdivieso y José Fernández López, ambos catedráticos, el primero uno de los mejores conocedores de la historia de la pintura sevillana y el segundo un reconocido especialista en la escuela barroca. Los dos abren un arco que comienza en Antonio Cabral Bejarano y concluye con Eduardo Cano; y entre ambos, a lo largo de 250 páginas profusamente ilustradas, casi una treintena de pintores, de José Domínguez Bécquer a Antonio María Esquivel, de José Gutiérrez de la Vega a Manuel Barrón, de Rafael García Hispaleto a Francisco de Paula Escribano.

El volumen, fruto de largos varios años de trabajo, ha sido publicado por la Fundación Endesa y la Fundación Sevillana Endesa, en cuya sede fue presentado ayer por Javier Benjumea, presidente de la primera, y José Antonio Gutiérrez, máximo responsable de la segunda, y por los propios expertos.

En la primera parte, Fernández López firma un estudio del contexto histórico y cultural de la Sevilla de la época que los artistas plasmaron en sus obras, así como una aproximación a todos esos pintores extranjeros -con especial protagonismo de John Friedrich Lewis y David Roberts- que contribuyeron a forjar esa imagen de Sevilla como promesa de lo insólito y garantía de autenticidad, un imaginario legendario y popular al que la literatura -de Stendhal a Merimée, de Byron a Zorrilla- no fue tampoco ajena, y que lógicamente no era más que la "deformación" de la ciudad verdadera, producto de su fascinación. Las escenas costumbristas, la Historia como fuente de inspiración romántica por antonomasia, pero también la idealización estética de las huellas de la cultura islámica, y Sevilla en sí misma como tema pictórico son algunos de los rasgos definitorios de esta pintura poblada de personajes arquetípicos, llena de bandoleros, gitanas y pícaros y demandada y promovida en su momento por la nueva burguesía y la nobleza sevillanas.

El libro presenta numerosos atractivos. Contiene, por ejemplo, reproducciones de obras que nunca antes se habían hecho públicas, y muchas otras que sólo se habían podido ver en antiguas fotografías e ilustraciones de poca calidad. Entre estas obras que ahora se ofrecen al lector se encuentra El patio de Monipodio, de Antonio Cabral Bejarano y fechada en 1847, que cuelga desde mitad del XIX de las paredes de la Biblioteca de Montevideo. Hay también lienzos de muy reciente aparición, como la Vista de la calle de Santo Tomás, de Joaquín Domínguez Bécquer y perteneciente a una colección particular. Tampoco faltan las curiosidades, como el Retrato de Édouard Manet con traje popularespañol realizado alrededor de 1865 por Valeriano Bécquer. El título del cuadro es en realidad una hipótesis (es decir, no está confirmado que el retratado sea el famoso pintor francés), pero tanto su dueño como el propio Enrique Valdivieso la comparte "plenamente".

Hay muchas otras obras por las que merece la pena detenerse en este libro: el Retrato del marqués de Arco Hermoso y su familia de Antonio Cabral Bejarano, una obra maestra del retrato romántico con reminiscencias de Las Meninas;los retratos de Isabel II niña y Luisa Fernanda niña o el Nacimiento de Venus, de Esquivel, la última propiedad del Museo del Prado y para Valdivieso "una de las pinturas más bellas de la pintura española en el XIX"; el Retrato de Gemma, un trabajo en el que Gutiérrez de la Vega se inspira en la composición y en la proverbial sonrisa indescifrable de La Gioconda; o esa Sevilla vista desde San Juan de Aznalfarache firmada por Barrón, "el gran paisajista" de la ciudad.

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