De itinerarios, medidas y lugares

  • Isidoro Valcárcel recupera para el C4 de Córdoba uno de sus 'ejercicios' de naturaleza sociológica, realizado en 1974 en las calles de la misma ciudad

Isidoro Valcárcel, en el centro cordobés ante uno de sus 'ejercicios'. Isidoro Valcárcel, en el centro cordobés ante uno de sus 'ejercicios'.

Isidoro Valcárcel, en el centro cordobés ante uno de sus 'ejercicios'. / d. s.

En la ciudad moderna los artistas descubrieron un compendio de la apasionante sociedad en la que vivían. Si los viajeros románticos buscaban el rasgo pintoresco o el monumento olvidado, al artista moderno le bastaba salir del estudio, perderse en las calles y mirar a las gentes para encontrar ahí una nueva poética. De ahí nació la dignidad del paseante que vaga sin rumbo fijo o del habitante de la ciudad, capaz de ver lo que otros no ven. Baudelaire y Manet, Proust y Caillebotte, Breton y Brassaï, trabajando en esa dirección, nos enseñaron mucho.

Pero a estos artistas que forjaron la modernidad no les faltaba un nota aristocrática disonante. Siempre se sintieron (lo decía Baudelaire) príncipes de incógnito: eran -o mejor, creían ser- intérpretes privilegiados de una sociedad que no terminaba de tomar clara conciencia de sí misma. El artista, contando con el privilegio de una sensibilidad excepcional, parecía un profeta laico, capaz de iluminar a sus coetáneos.

El autor, sin heroísmos, invita al espectador a atreverse a construir su propia poética cotidiana

Mucho después el arte se hizo más humilde. No cejó en su empeño de vincularse a la vida, pero prefirió proponer a decir. Así lo hizo Vito Acconci: al seguir los pasos de un viandante hasta verlo entrar en alguna casa (momento en que comenzaba a seguir a otro) sugería el valor de los itinerarios cotidianos de la ciudad. Stanley Brouwn, de modo más directo, declaró obras de arte a todas las zapaterías de la ciudad porque encerraban potencialmente todos los itinerarios urbanos.

Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937) descubre la poética de la ciudad de modo igualmente sencillo pero en una dirección más analítica. Así se comprueba en un trabajo, realizado en Córdoba durante cuatro días de noviembre de 1974, que ahora podemos ver en esa misma ciudad.

Se propuso medir con diversos criterios una zona de Córdoba, un área de unos 2,55 kilómetros cuadrados. No llama a esta iniciativa obra: la presenta como ejercicios sucesivos. De cada uno deja constancia en documentos precisos, acompañados de planos que reflejan cada una de las fases.

El primer ejercicio es una medición hecha sobre el plano de una guía turística: sabe que es inexacto pero también, que de ese plano se vale habitualmente quien visita una ciudad. Recorre después los espacios así medidos anotando inexactitudes y diferencias respecto a su fuente inicial de información. Seguirá un nuevo recorrido, pero esta vez en taxi, dejando constancia de las tarifas de cada itinerario.

Pero ¿qué conciencia del espacio tienen quienes viven en la ciudad? Valcárcel pregunta cuánto puede tardar en llegar a tal o cual sitio, anota las respuestas y añade la duración efectiva de su propio desplazamiento, casi siempre diferente del indicado. Medirá después las distancias con una cinta métrica, solicitando para ello la ayuda a los transeúntes. Más tarde, sentado en los escalones del Cristo de los Faroles, pregunta a diversas personas que pasan en qué dirección, según los puntos cardinales, se encuentra el Guadalquivir.

De cada uno de estos ejercicios levanta mapas. En alguno de ellos incluirá además el resultado de otras preguntas en la calle: qué monumento tengo que ver inexcusablemente en Córdoba, teniendo en cuenta que debo partir enseguida, y de modo más directo, qué lugares de la ciudad (monumentales o no) no debo perderme bajo ningún concepto. Posteriormente contrata a un guía turístico. Ahora las anotaciones son de dos clases: una de ellas reúne los nombres propios que cita el guía (de Roma a Bagdad, de Aristóteles a Romero de Torres, pasando por Lagartijo y Almanzor). La otra relación acumula las mediciones que realiza de los lugares que visita y de objetos que le muestran.

La propuesta se sitúa entre las que Valcárcel llama trabajos sociológicos. No pretende suplantar al antropólogo, sólo distanciarse del calor fácil de lo que algunos llaman vivencia y de las pautas que imponen a la ciudad el arte público oficial, las redes turísticas del espectáculo (ya funcionaban entonces) o los panegiristas de oficio. Frente a todo eso deja salir a la luz, a través de la presunta frialdad de la medición, posibles relaciones que han ido anudando con su ciudad quienes la habitan.

Como suele ocurrir con el arte conceptual, la propuesta de Valcárcel no es impositiva. Es más bien una sucesión de rasgos para que el espectador piense de otro modo la ciudad y un índice de sugerencias para que ese mismo espectador se atreva a hacer una posible poética cotidiana. Su trabajo carece del heroísmo del artista moderno: no intenta iluminar la experiencia. Sólo invita a conformarla poéticamente. Quizá por eso entrega a cada uno de los que colaboraron con él una tarjeta de agradecimiento y memoria de su cooperación.

Isidoro Valcárcel Medina recibió el Premio Nacional de Artes Plásticas el año 2007 y el Premio Velázquez en el 2015. Sus obras no ocupan demasiado espacio: papeles, planos, tarjetas, nada voluminosos, que poseen, sin embargo, una envidiable densidad artística.

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