"Ni jueza, ni sumisa", la historia real de una magistrada imposible

Ver a la jueza Anne Gruwez en plena faena en su despacho de Bruselas en Ni jueza, ni sumisa lleva a preguntase: ¿es posible que esto sea una historia real o es una ficción hilarante con apariencia de documental? La película, dirigida por Jean Libon e Yves Hinant y presentada en San Sebastián dentro de la Sección Oficial, muestra el día a día de esta jueza de Instrucción que se desplaza por la ciudad a bordo de un viejo dos caballos mientras escucha Marcha Radetzky y trata a los detenidos, a quienes llama "clientes", con la naturalidad de una conversación de sobremesa con vetas surrealistas.

"Normalmente soy así", aseguró la propia magistrada, que asistió a la presentación. Según afirmó, ella "ignoraba" cuándo estaba grabando la única cámara con la que se filmó todo. De la cámara parecen olvidarse también los "clientes", desde una infanticida que afirma que una voz le ordenó matar a su hijo a una prostituta que sacia toda la curiosidad de la magistrada sobre el sadomasoquismo.

De todo el material grabado, unas cien horas, los directores seleccionaron ocho "historias", con el hilo conductor de un caso de asesinato reabierto tras la aparición de nuevas pruebas. La estrella, eso sí, es siempre la singular Gruwez, a la que un periodista incrédulo le dijo ayer que parecía un personaje de ficción: "Ah, pues gracias; así, siendo ficción, sobreviviré a mi propia muerte".

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