Un lazo verde por la ROSS

  • José Luis de Justo Alpañés, profesor emérito de la Universidad de Sevilla, defiende que las aportaciones extraordinarias a la Sinfónica son sólo un parche para paliar la deuda.

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EL pasado viernes, durante su programa de abono, los músicos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS) nos pidieron a los asistentes al concierto que exhibiéramos un lazo verde de esperanza en la solapa durante el concierto, cosa que hicimos de forma unánime. La alarma de los músicos radicaba en el desequilibrio presupuestario que viene sufriendo la ROSS durante los últimos seis años. En teoría, el Ayuntamiento y la Junta deberían financiarla a medias. Según el excelente artículo publicado en este diario por F. Camero y Ch. Ramos, en los años anteriores fue el Ayuntamiento -en la etapa de Sánchez Monteseirín-, el que incumplió los acuerdos y aportó menos. Pero desde 2012 hasta 2016, el Ayuntamiento ha aportado la misma cantidad: 3.048.000 euros, mientras que la Junta de Andalucía ha ido rebajando progresivamente sus partidas: 2,6 millones en 2012, alrededor de 2,4 millones en 2013, unos 2,2 millones en 2014, 2015 y 2016. Según fuentes conocedoras de la situación en este momento el déficit se cifra en 820.000 euros y no se cubren las vacantes, lo que puede hacer que en un futuro la orquesta sólo pueda interpretar según que piezas. Todo esto y la situación del Teatro de la Maestranza ha hecho que la gerente Remedios Navarro renuncie a prorrogar su contrato para los dos próximos años, pero esta renuncia no ha impresionado a la Consejería de Cultura.

Y conviene aquí recordar lo que escribí en mi artículo del 12 de julio de 2013, porque desde entonces la situación ha ido a peor. En 1990, y como antesala de ese magnífico evento cultural que fue la Expo del 92, nos enteramos de la creación de una orquesta sinfónica en Sevilla, a la que me aboné y sigo abonado de forma ininterrumpida y entusiasta. La selección de los músicos se hizo de una forma profesional, afortunadamente alejada del amiguismo tan arraigado en nuestra ciudad. Acudieron numerosos músicos del este de Europa, alguno de los cuales acudían con lo puesto y con su instrumento musical.

En el año 1991 se celebró el primer concierto en el Lope de Vega, bajo la dirección de Vjekoslav Sutej, primer director, y nos sorprendió a todos la calidad de la orquesta. Empezamos a conocer de memoria los nombres de los solistas: el concertino Serguei Teslia, el primer viola Jacek Policinski, los violonchelistas Richard Eade (recientemente jubilado) y Dirk Vanhuyse, el contrabajista Lucian Ciorata, los flautistas Vicent Morelló, Juan Ronda Molina y Alfonso Gómez Saso, Sarah Bishop con su corno inglés, el clarinetista Domínguez Infante, el fagotista Javier Aragó, el trompeta Denis Konir, Iolkicheva y Postnikova, con arpa y celesta respectivamente, los percusionistas Ignacio Martín García, Gilles Midoux y Louise Paterson, Peter Derheimer con los timbales, entre los que continúan en la orquesta. Recuerdo que en dicho concierto se interpretó maravillosamente Cuadros de una Exposición de Mussorsky. Empezaron a interesarnos las vidas de los músicos, sin caer en chismorreos, porque lo veíamos como algo nuestro.

Siguieron los conciertos del Apolo y por último en el magnífico teatro de la Maestranza. La orquesta sonaba de maravilla. Nos dimos cuenta de que el Bolero de Ravel, del que he oído palabras despectivas por parte de un, por otro lado excelente periodista, es una obra maestra por la forma de manejar el ritmo, el nivel de sonido y la entrada de instrumentos. Se empezó a decir que la orquesta sinfónica de Sevilla era una de las dos orquestas con más porvenir en España.

Más adelante han llegado las vacas flacas: el primer signo fue la marcha del concertino Teslia, y ahora la paulatina disminución de la subvención por parte de la Junta de Andalucía. Entendiendo que estamos en una etapa de crisis, y así deben entenderlo los músicos de la orquesta, pero hay que decir que desgraciadamente a los políticos no les gusta demasiado la música sinfónica como se demuestra por su ausencia generalizada en los conciertos de la Maestranza.

Y lo más penoso es que el problema de la orquesta es del orden de un millón de euros. Mientras tanto los desfalcos por los ERE o cursos de formación se cifran en muchísimos cientos de millones de euros según indican el auto de la juez Alaya y numerosos artículos periodísticos no desmentidos.

Sin embargo, sí quiero llamar la atención sobre lo que supone la ROSS para la oferta cultural de nuestra ciudad. Se ha conseguido un milagro, y, si se da marcha atrás, no será fácil volver adelante. No sea que nos llegue a pasar como al mozo del Desconcierto (El Miajón de los Castúos, Luis Chamizo) que llega tarde a su casa porque se quedó oyendo, desde fuera, un concierto de Marcos Redondo. Cuando su madre le amenaza con que está padre p'arrimate tres zurríos, responde con una glosa al Desconcierto, en la que él describe lo que ha visto de la siguiente forma:

Asín son las juergas, madre,

De los señores del pueblo,

asín da gusto, ¡qué contri!, y no como aquí jacemos,

siempre empinando la bota,

cantando siempre lo mesmo.

Y pa custión de la música

pa dal deprisa a los deos

no pué habel otro en el mundo

que maneje el estrumento

mejó, ni con tanto garbo,

con más gracia y más salero,

como ese señor Echániz

qu'es un tío de cuerpo entero

¡Vivan los músicos güenos!

¡Vivan las caras bonitas

de las muchachas del pueblo!

Y dile a padre que venga,

Que no m'importa un pimiento

Que m'atice tres zurríos

Y me retuerza el pescuezo.

Éste era el panorama cultural de España en 1921.

Después de escribir este artículo he leído las declaraciones de Antonio Muñoz y Rosa Aguilar, que son bienvenidas, así como las aportaciones de ambos organismos a la Sinfónica, pero esto es sólo un parche para tratar de eliminar o paliar la deuda. Lo que todos esperamos es un cambio de actitud de la Consejería de Cultura, para que considere a la Sinfónica como un elemento esencial en el panorama cultural sevillano y andaluz.

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