Cultura

El legado del ministro Castiella

  • Precursor de la política europeísta, Fernando María Castiella ocupó el Ministerio de Exteriores en una década de cambios · Un equipo de historiadores recuerda su figura

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Con una expectación como no se recordaba hacía tiempo se presentó en el Paraninfo de la Universidad de Sevilla este libro que hoy reseñamos con el que la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas celebra su primer siglo y medio de historia. ¿Qué mejor conmemoración que homenajear a Fernando María Castiella y Maíz, quien fuera Decano de la facultad de Ciencias Políticas y Económicas, espacio de apertura intelectual, inusual en los difíciles años 40, que dejaría profunda huella en varias generaciones de políticos y diplomáticos españoles?

Aquel joven profesor terminaría siendo ministro de Asuntos Exteriores y desempeñando un papel crucial en los años del aperturismo de la política española después de la larga travesía en el desierto de la autarquía económica y el aislamiento internacional. Hay que recordar esto a las jóvenes generaciones que nacieron después de 1968, cuando Castiella estaba a punto de dejar su Ministerio por desacuerdos con los sectores más rígidos del franquismo, porque a los que vivieron aquellos años basta mentar el ministro Castiella para despertar un respeto y simpatía generalizados, extremo poco habitual en el maniqueísmo patrio.

Y es que Castiella se supo ganar a fuerza de trabajo y honestidad un reconocimiento dentro y fuera de nuestras fronteras, gozando de la confianza de líderes políticos tan diferentes como el presidente Johnson, el general De Gaulle o el rey Hassan II. Otra cosa fueron los resultados de sus continuos desvelos, no siempre correspondidos por sus correligionarios. La política desplegada con Estados Unidos quiso renegociar los Acuerdos de 1953 y reemplazar el estatuto "semicolonial" de las bases militares en España, que el régimen vendía como un éxito, por un tratado de auténtica reciprocidad basado en el concepto de "alianza militar". Pero los apreciables avances de 1963 no culminaron en el estatuto que había soñado Castiella al final de su mandato.

Estados Unidos era, además, el medio para impulsar los otros dos grandes proyectos que ilusionaban a Castiella: la descolonización de África de la que fue siempre firme partidario y el acercamiento a Europa, llave necesaria para replantear el asunto de Gibraltar. Las negociaciones de adhesión de Gran Bretaña a las comuniades europeas, en 1961, eran la oportunidad para solicitar si no una plena integración en CEE, pretensión que parecía excesiva, al menos sí un tratado comercial preferente. Después del revés inicial (la carta no recibió respuesta), la perseverancia de Castiella dio resultados cuando la Comisión autorizó, en 1964, abrir conversaciones que culminarían en el Acuerdo Preferencial de 1970.

La amplitud de miras de Castiella, atento a cualquier reajuste de los equilibrios internacionales en los años de la Guerra Fría, permitió, igualmente, descongelar la situación en el África española, mediando entre la corriente descolonizadora que se abría paso en la ONU y los intereses nacionales. Fue capaz de adoptar una posición de disponibilidad a la autodeterminación de los territorios norteafricanos, sin renunciar a controlar el proceso de descolonización de modo que se asegurara a largo plazo la influencia española al otro lado del Estrecho, evitando así los abusos del irredentismo marroquí que ya entonces resultaba preocupante.

Castiella se propuso dignificar el papel de España, devolviéndole su vocación histórica de potencia mediadora entre el Mediterráneo y el Atlántico. Un discurso clásico para un horizonte moderno. Como lo fue también una de sus iniciativas más personales: la que trató de conciliar la confesionalidad del Estado con la aprobación de un estatuto para las minorías no católicas del país, iniciativa que se amparó en el espíritu ecumenista del Concilio Vaticano II y fue elogiada por la prensa de todo el mundo.

La importancia de este libro, como pone de manifiesto Rafael Sánchez Mantero en la presentación del volumen, radica, en suma, en dos aspectos. Por un lado, la inexistencia de un estudio de conjunto sobre esta etapa esencial de nuestra historia más reciente. Por otro lado, la novedad de la metodología empleada que liga el testimonio de aquellos políticos y colaboradores que conocieron a Castiella con la perspectiva que aportan los historiadores. Dos grupos de profesionales que se han sentado en una mesa para reconstruir con rigor y sin autocomplacencia una etapa crucial de la vida política española.

Es justo añadir un tercer valor a los dos mencionados: la propia calidad moral y política del protagonista. Ejemplo de imaginación y tenacidad. Siempre un paso por delante del inmovilismo del régimen. Su archivo personal, depositado en la Real Academia de la Historia y, ahora, puesto al servicio de los investigadores, hará posible profundizar en muchos aspectos de la personalidad de este vasco universal que estuvo en la primera línea de la política internacional durante doce años. Un legado del que aún vivimos.

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