Un lugar (mudable) en el mundo

  • La joven artista Gabriela Ayza presenta en la sala Kstelar la exposición 'Soy colectiva', una indagación en su identidad a partir del sentimiento de que ella misma está "hecha de fragmentos"

"Hoy en día todo el mundo se define continuamente, pero a mí no me gusta sentir que soy una sola cosa, y con menos motivo aún cuando estoy en un momento en el que sigo descubriendo el mundo. ¿Por qué limitarme a aquello que ya sé hacer? Prefiero investigar, arriesgar. Lo cual abre la puerta a los errores y supone un camino lleno de dudas, pero también, espero, una recompensa". Habla Gabriela Ayza, joven artista nacida en 1991 en Colonia -su madre es alemana- pero criada en Ayamonte y, desde hace una década larga, afincada en Sevilla -la ciudad de su padre-, donde estudió Bellas Artes. "De ahí el planteamiento de la exposición: cada cuadro está trabajado de maneras diferentes. Yo sé que lo que se pretende es generalmente halagar, pero no me gusta nada cuando me dicen eso de esto es muy tú".

La exposición de la que habla, titulada Soy colectiva, puede verse hasta el 27 de abril en la sala Kstelar (de la Delegación Territorial de Cultura, Turismo y Deporte de la Junta en Sevilla), y es la segunda individual que realiza Ayza tras otra, mucho más pequeña y discreta, llamada Figura y paisaje y que pudo verse el pasado mes de noviembre en Alájar, en la sierra de Huelva. El cuerpo y la carnalidad -abordados en sus lienzos tanto con sensualidad y erotismo como con una punzada de angustia-, así como los espacios urbanos vacíos, periféricos, con un filtro de extrañeza y soledad, vienen a representar, tal vez, los principales hilos conductores de una serie de trabajos en los que Ayza sigue perfilando el contorno de su identidad, pero que conforman, por ahora, una obra en la que se aprecia la influencia del arte pop, la nueva figuración de los 80 y 90, el grafiti o los retratistas ingleses recientes como Jenny Saville, una de sus pintoras predilectas. "También he conectado siempre con la sensibilidad de Giacometti, con su pintura mucho más que con su escultura. A Francis Bacon y Lucian Freud los suelo tener muy en cuenta, al igual que Egon Schiele, cuya huella creo que se nota mucho en mi pintura. Pero también me inspira muchísimo la danza contemporánea o la forma de trabajar de Marina Abramovic, tan desde su propio interior".

Estas coordenadas sirven para ubicar la sensibilidad de Ayza, en cuya pintura, propensa a la exaltación de la expresividad y concebida como un intenso diálogo consigo misma, juegan un papel no menos importante los vaivenes de su estado de ánimo. "Soy muy visceral, así que lo mismo un día me levanto con ganas de pintar a mi abuelo -explica-, y otro, en vez de dejarme llevar por ese tipo de impulso tan fuerte, me apetece retomar con más tranquilidad un cuadro grande al que llevo bastante tiempo dándole vueltas... Alguna vez me he levantado enrabietada, he cogido un bote de pintura blanca y he tapado todo un cuadro en el que a lo mejor llevaba varias semanas trabajando... Me pasó eso por ejemplo con Tregua -uno de los cuadros incluidos en la exposición-, que fue cinco cuadros distintos hasta que un día, después de rehacerlo por completo, me dije vale, ya. Es un proceso de trabajo un poco caótico, pero yo lo vivo como algo muy sencillo, muy natural e intuitivo".

El motor de la creación, en su caso, parte de la mera observación cotidiana, sin grandes mayúsculas ni teorías de esas que -como dijo aquél- enturbian el agua para que parezca más profunda, y sobre todo responde a la voluntad de hacer de su pintura una especie de diario íntimo. "Suelo trabajar con fotografías, sobre todo las que tengo de mis viajes. Muchas de ellas me hacen recordar de manera muy potente momentos en los que me he sentido viva, completamente viva y consciente de quién era yo y dónde estaba en ese momento. Son esas las que elijo, y a partir de esa sensación y de ese momento concreto voy probando. Normalmente voy metiendo ideas y ya luego me dedico a limpiar, limpiar, limpiar. Supongo que de algún modo parto del caos hasta que una idea va quedándose poco a poco fijada en el cuadro. Como me gusta mucho la literatura y el grafiti, a veces escribo sobre el lienzo, me gusta introducir la escritura en la pintura, por eso hay mensajes pequeñitos en muchos de mis cuadros".

"Cada cuadro tiene una historia, desde que vas a comprar el lienzo y lo llevas a casa por la calle, ya ahí está empezando la historia de ese cuadro", dice la artista, que reconoce que "lo sentimental" es lo que la "mueve", y se define a sí misma -con una sonora risotada- como "una persona que busca el drama". "Sí, me temo que tiendo a ser dramática -afirma-. Pero no como algo malo, no como expresión de un malestar... Aunque a mí me da muchas cosas el malestar. En esta sociedad estamos en realidad podridos de bienestar, así que el malestar puede surgir de cualquier minucia. Yo de hecho soy una persona alegre, lo normal es que se me vea sonriendo, pero también disfruto de esos momentos en los que llega el malestar. A lo mejor no ha pasado nada, y este día es igual que el anterior, pero resulta que en este instante siento que nada tiene sentido; en esos momentos necesito ponerme a pintar o a pensar en un cuadro que aún no existe. Creo que con la pintura busco tambien ser totalmente consciente. De ahí, creo, el hecho de que en mis cuadros haya tantos cuerpos fragmentados: es que yo misma vengo de fragmentos, de aquí, de allí, nunca he estado en un sitio de manera estable. Tal vez por eso me sienta anclada con cierta facilidad, y cuando pasa eso, seguro, no voy a tardar en decirme venga, vámonos ya de aquí".

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