Al maestro Dwoskin, que estuvo aquí

  • El cineasta y artista neoyorquino afincado en Londres, fallecido recientemente, fue una presencia habitual en la Semana Internacional de Cine de Autor de Benalmádena que dirigiera el bravo Julio Diamante.

El 28 de junio moría en Londres Stephen Dwoskin, pintor, diseñador, escritor, teórico, cineasta, agitador cultural, uno de los grandes nombres del avant-garde, sólido puente de influencias entre el Nueva York de Andy Warhol, Jonas Mekas o Jack Smith y la Europa que, a partir de los años 60 del pasado siglo, se abría a una multiforme modernidad. De él, no hace demasiado tiempo, Adrian Martin dijo que era "una de las figuras del cine mundial más criminalmente olvidadas o pasadas por alto", lo que parecería corroborar la inexistente repercusión de su óbito entre nosotros. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras, ya que cualquier cinéfilo mínimamente curtido sabe de la inmensa cantidad de autores que han sido y son ninguneados no sólo por el público masivo, que no suele tener elección, sino por los medios de comunicación especializados, programadores, profesores universitarios y demás amantes del séptimo arte. Ahí están sus películas, muchas de ellas editadas con lujo en DVD, para quien quiera atreverse a verlas, un cine lúdico, lúbrico, de picos estéticos y emocionales pocas veces alcanzados; un cine enunciado desde un yo y un cuerpo singulares (Dwoskin, aquejado de poliomielitis en la infancia, debía ingeniárselas para equilibrar en sus brazos cámara y muletas) que desmonta los vicios escópicos del espectador para enfrentarlo al complejo y denso entrecruzamiento de miradas, deseos y fantasmas que tienen lugar en el hecho fílmico.

Pero estas líneas no son tanto para despedir a Dwoskin con honor y cariño, que también, como para recordar o revelar que aquí, en nuestra Andalucía, más concretamente en la Costa del Sol, Benalmádena, Palacio de Congresos de Torremolinos, Málaga, y gracias a los denodados esfuerzos de un gaditano, el gran Julio Diamante, este neoyorquino afincado en Londres presentó en persona buena parte de su obra en varias visitas a la extinta Semana Internacional de Cine de Autor. Otros tiempos, otras voces, otros ámbitos, pero la enseñanza que se desprende de su presencia aquí, de las polémicas y debates que suscitaban sus películas entre los espectadores, posee a nuestros ojos una vigencia intemporal.

Dwoskin aterrizó por primera vez en Benalmádena en 1973 para participar en la quinta edición del festival con algunos cortos y un largometraje, Dyn Amo. Entre películas de Kosintzev, Zetterling, Fassbinder, Petri o Terayama se exhibieron esas tremendas dos horas de peep show en las que cuatro strippers soportaban la presión de una cámara que desvela el drama de las apariencias, de los roles sexuales, de la sima entre lo que una mujeres y a lo que le obliga la necesidad de excitar las fantasías del otro: una tragedia masoquista sobre las sombras. El escándalo y el abandono de localidades fue importante. De ello fue testigo Ángel Camiña: "Un éxito de programación fue poder exhibir Dyn Amo, del underground británico Stephen Dwoskin, que en una rueda de prensa asistió personalmente a las iras no ya del público sino de buena parte de la prensa acreditada [...]. Lo incomprensible es que algunos críticos, olvidando que se trata de una semana de cine de autor y de un importante realizador experimental muy conocido fuera de nuestras fronteras, se quejasen de su inclusión en el programa. Es muy importante que los organizadores de este festival tengan siempre independencia y posibilidades para programar películas de este tipo".

Afortunadamente, así fue, y dos años después, en 1975, el bravo Diamante se volvió a traer a Dwoskin, ahora para un ciclo retrospectivo (donde se recogían tres auténticos hitos, Times for..., Tod und Teufel y Behindert) que terminó siendo un éxito de público, lo que llevó al organizador (y también cineasta) a expresar una sencilla y simple verdad, a saber, "que se puede aprender a ver". Antes de la desaparición del certamen en 1989 -tras años de obstáculos y venenosos ataques locales de los que siempre han creído que un festival debe vender ciudades, jamones o aceite antes que cine- hubo aún tiempo de ver uno de sus trabajos más influyentes, Central Bazaar (1976), otra revolucionaria película sobre la exploración y la explotación de la intimidad. Ese año pudo verse en París, Londres, Berlín, Edimburgo, Rotterdam y Málaga.

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