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Aparece Iron Man, pronto llegará Meteoro y están en camino nuevas entregas de Hulk y Batman. La era del cine-tebeo sigue en su apogeo. Se abrió, ascendiendo de las series y los subgéneros a las superproducciones, dentro del revival de la segunda mitad de los 70, cuando de una parte la cultura popular de masas fue intelectualmente legitimada y de otra se descubrió que el público mayoritario -con una abrumadora superioridad de adolescentes- quería jugar a un deja vu que mezclara el legado del cine clásico de entretenimiento con la estética de las series televisivas, la modernidad de los efectos digitales y la cercanía a los nacientes videojuegos, la fusión de géneros y la integración de formatos; todo mientras la animación japonesa se abría paso triunfalmente en Europa y los Estados Unidos. Tras las adelantadas Modesty Blaise (1966) y Barbarella (1968), que pagaron con el fracaso sus debilidades y su carácter pionero, Superman (1978: hace justo 30 años) abría las puertas de las inversiones y recaudaciones millonarias a las películas inspiradas en tebeos, seguida -con desigual fortuna- por Popeye y Flash Gordon (1980) o Conan el bárbaro (1982). Desde entonces hasta ahora la corriente no ha cesado.

Lo producido en estos 30 años ha dado algunas buenas películas de acción y efectos (las entregas de Batman de Burton y Nolan o el Hulk de Lee), bastantes rutinarias y no pocas malas. Entre lo segundo y lo tercero se sitúa esta trasposición de otro héroe de los cómics Marvel, el Iron Man nacido en 1963 de los talentos combinados de Stan Lee, Jack Kirby, Don Heck y Larry Liber. Como casi todos los héroes -dé gracias a Dios de que su hijo no lo sea- éste se crió huérfano, administró la fortuna que sus padres le dejaron, se embarcó en la industria armamentística, descubrió en propia carne el poder de destrucción de las armas, se convirtió y, tras crearse la personalidad-armadura de Iron Man, se dedicó a defender el bien y luchar contra el mal. Jon Favreau -que cuenta en su filmografía con cosillas como Elf y Zathura- coordina los cuantiosos y costosos efectos especiales. Robert Downey Jr. se limita a aportar su negra leyenda (o leyenda negra, que no es lo mismo) y a dejarse interpretar por el personaje del tebeo, que es algo mucho más cómodo que tomarse la molestia de interpretarlo humanizándolo. Jeff Bridges hace un bueno malo. Y poco más. Hecha para gustar sólo a quienes estaba previsto que gustara, no atraerá el interés de quienes aman el cine más que los tebeos.

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