mónica randall. actriz

"La monotonía me alejó del cine. Ya estaba bien de hacer de señora lista, rica y mona"

  • La intérprete de 'La escopeta nacional' o 'Cría cuervos' recibe el homenaje del Festival de Málaga

Mónica Randall (Barcelona, 1942), antes de recoger la Biznaga Ciudad del Paraíso. Mónica Randall (Barcelona, 1942), antes de recoger la Biznaga Ciudad del Paraíso.

Mónica Randall (Barcelona, 1942), antes de recoger la Biznaga Ciudad del Paraíso. / Javier Albiñana

Se sienta uno delante de Mónica Randall (Barcelona, 1942) y se siente sin remedio invadido, penetrado, interrogado y abrazado por sus ojos descomunales, los mismos que durante tanto tiempo ha amado la pantalla, conservadores, aún, de cierta primera mirada intacta en su resistencia. Además de su amplia experiencia teatral, su filmografía incluye títulos como Verano 70 (1969) y Abuelo Made in Spain (1969) de Pedro Lazaga, Carola de noche (1969) y Mi querida señorita (1972) de Jaime de Armiñán, Cría cuervos (1976) de Carlos Saura, Retrato de familia (1976) de Antonio Giménez-Rico y La escopeta nacional (1978) de Luis García Berlanga. En televisión ganó una popularidad notable gracias a programas como Mónica a Medianoche, Cosas (que presentó junto a Joaquín Prat) y su histórico espacio de entrevistas Rasgos. Ayer recibió la Biznaga Ciudad del Paraíso del Festival de Málaga.

-¿Le ha correspondido el mundo del cine después de todo lo que le ha dado usted a él?

-No.

-¿Así, sin más?

-Estoy contenta con las oportunidades que he tenido. Pero me habrían hecho falta más. Mi apariencia, y lo que creen que es mi carácter, me han condicionado demasiado. Desde hace muchos años me han llamado exclusivamente para hacer de señora más o menos mona, siempre rica y siempre con carácter. Y nada más. Y cuando recibes por vigésima vez un guión con esta misma descripción del personaje, calcada, piensas sin más remedio: "Dios mío, no es posible". ¿No puedo hacer de pobre? ¿No puedo hacer de maruja? Para colmo, llega un momento en que el mismo gesto de siempre se te queda fijado y entonces lo haces mal. Por ese motivo me alejé del cine: por monotonía.

-Pero en los años 70 sí interpretó algunos personajes muy distintos de ese registro.

-Cuando tuve la oportunidad, en un momento muy concreto, de hacer Cría cuervos con Carlos Saura, donde hacía de una mujer normal que cosía a máquina; La escopeta nacional, de Berlanga, donde hacía de tontita; y Retrato de familia de Antonio Giménez-Rico, en la que tenía un papel dramático, lo disfruté mucho. Pero esas oportunidades no volvieron a darse. Nadie me llamó después para hacer un papel cómico cuando había hecho La escopeta nacional. Y nunca entendí por qué. En esa película supe expresar la vis cómica que heredé de mi padre. La verdad, no es normal que nunca volvieran a darme un papel de tontita con vis cómica: únicamente me requerían para hacer de lista, rica y mona. Hombre, no. Ya está bien.

-¿Ese perfil que le abrió las puertas del éxito en los 60 terminó entonces convirtiéndose en una trampa con el paso del tiempo?

-Es que todo esto tiene mucho que ver, creo, con cómo me ven en la vida personal. Hay un director muy importante, cuyo nombre no te diré, con el que coincidí una vez y al verlo me di cuenta de que me estaba mirando muy fijamente. Le pregunté por qué me miraba así y me respondió que porque le daba miedo. Entonces se me heló la sangre y pensé "qué pena, nunca trabajaré con este chico". Y así fue. Cuando alguien te dice eso queda claro lo que proyecto en algunas personas. Pero eso no se corresponde en absoluto con la realidad. Como ves, soy encantadora.

-Sin embargo, en teatro ha hecho usted de todo. Ahí queda algún Estudio 1 que lo atestigua.

-Sí, así es.

-Lamentaba John Malkovich que nunca le llamaran para interpretar a la reina de Inglaterra. ¿Habría interpretado usted a Fernando El Católico si alguien se lo hubiera propuesto?

-Qué pena que no seas jefe de casting. Si alguna vez te dedicas a eso, llámame, por favor.

-Yo la veo en ese papel.

-Pues nadie más me ve, parece. En serio, deberías ser jefe de casting y llamarme, no lo olvides.

-Creo que por ahora estoy bien donde estoy.

-Pero es que para que la gente lo vea hacen falta papeles. Cuando veo a Meryl Streep que lo mismo hace de monja, que de hippie, que de mujer normal que de cualquier otra cosa, lo que pienso es que a mí nunca me darían el papel de una hippie. Pero yo sí creo que lo haría bien. A los actores nos gusta cambiar de personaje, sacar emociones de creaciones distintas. Si siempre te piden el mismo papel, pues ya me dirás. Sólo puedes sacar del mismo sitio, y a mí me gusta sacar de aquí, de allá y de acullá. Qué gracia tendría si no, ¿trabajar para vivir? Al menos, me tengo que sustentar sólo a mí misma y voy tirando.

-¿Ha podido jugar la fama que le dio la televisión en su contra?

-Podría ser. Pero hice aquel programa de entrevistas, Rasgos, del que me siento muy satisfecha. Descubrí el periodismo en la televisión y supe que podía entrevistar a gente, que se me daba bien. Y ya ves, entrevisté a Willy Brandt, a Indira Ghandi, a la Madre Teresa de Calcuta, gente extraordinaria.

-Aquella fue una buena escuela.

-Sí, un día me comentó Jordi González, el profesor de periodismo, que ponía mis entrevistas a sus alumnos. Primero me quedé estupefacta y después muy orgullosa. Esto no tiene nada que ver con el cine, pero personalmente ha sido algo muy importante para mí.

-¿No hay una conexión entre el oficio de actuar y el de entrevistar? ¿No echa mano todo entrevistador del personaje que crea para hacer su trabajo?

-No, yo no lo veo así. La entrevista requiere una facultad que está en otro sitio, no tiene nada que ver con la interpretación. Tiene más que ver con la psicología, con la capacidad de reacción ante lo que te están diciendo, pero esto es algo muy distinto del trabajo del actor. La verdad es que el periodismo fue para mí una cuestión muy intuitiva. Fíjate, en Cosas hacía ya algunas entrevistas y me las escribía un periodista, pero a mí no me gustaba nada y poco a poco iba haciendo mis propias preguntas hasta que terminé preguntando lo que me daba la gana. El periodista aquel se enfadó mucho y se fue del programa, claro, pero qué quería, yo para escribir Cien años de soledad sí necesito un negro, pero aquello lo podía hacer yo perfectamente. Después, en Rasgos, me escribía mis propias entrevistas, siempre a mano. Lo disfrutaba mucho, aunque a veces se hacía difícil. Recuerdo que cuando tuve que preparar la entrevista a Raymond Aron me quedé bloqueada. No se me ocurría nada que preguntar a aquel señor.

-Volvamos al cine. ¿Qué momentos recuerda con más cariño?

-Las risas. Cuando parábamos de rodar y nos reíamos. Sobre todo con Luis Escobar, qué personaje tan adorable, tan impagable. Debía haber pagado yo por trabajar con él. Y con José Sacristán, que fue mi pareja. Nos teníamos mucho cariño y nos reíamos todo el rato. Sí, recuerdo sobre todo las risas. Es que, ¿sabes?, en aquellos momentos no eran los personajes los que reían. Era yo.

-Mónica.

-Exactamente.

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