La moral de 'La señorita Julia'

  • María Adánez protagoniza la obra de Strindberg, retrato de la eterna brecha entre los dos sexos · El texto fue la contestación del autor sueco al feminismo y a la decadencia de la sociedad de su tiempo

La señorita Julia, la obra en la que Johan August Strindberg se servía de una historia de amor con aristas para hilar una reflexión sobre la penosa agonía de una manera de estar en el mundo -allá por 1888- y la emergencia inexorable de un nuevo hombre, llega hoy a Sevilla, donde se quedará hasta el domingo en el Lope de Vega, de la mano del respetado director de escena Miguel Narros, que conduce en este montaje a los actores María Adánez, Raúl Prieto y Chusa Barbero.

La obra, la más emblemática de Strindberg, dramaturgo y escritor, icono universal de la cultura sueca, se tuvo que aplazar el pasado mes de noviembre por otro compromiso profesional de la "prometedora" Adánez, en definición de Narros. Sobre la génesis de este texto, el veterano director recuerda el contexto en el que surgió: "A finales de 1800, en Suecia trabajaban el 75 por ciento de las mujeres". Cuando en otros sitios aún era un neologismo extraño, en el país nórdico el feminismo era ya una realidad importante. La señorita Julia, continúa Narros, es "una contestación" del autor al nuevo panorama sueco (los partidos de izquierda, normalizados ya, habían entrado en el Parlamento) y también a esa sociedad "decadente" que se negaba a admitir la existencia de una nueva clase con ganas de acción y de cambio, encarnada en esta obra por el sirviente Juan (Raúl Prieto).

Julia (Adánez), hija de una madre feminista y de un padre que odiaba a las mujeres, pasa una noche de San Juan en compañía del criado, alejada de su familia. Con Juan, cuenta la actriz, se verá obligada a "sentir un poco más la tierra y la vida". Strindberg firmó un texto de gran complejidad psicológica y minada de preguntas sobre la eterna brecha entre hombres y mujeres, pero también sobre el excesivo peso de la cultura sobre el ser humano. "Esa sensación de que todo podría ser más fácil", apunta Adánez.

Con Juan, "el hombre nuevo, el que lucha por salir de las circunstancias en las que se le ha obligado a vivir, el siervo que se niega a servir (en palabras de Prieto), la señorita Julia vivirá un romance que desbaratará buena parte de sus anteriores coordinadas sentimentales e ideológicas, pues Strindberg concluyó después de su propio viaje (feminista en su juventud, misógino poco después) que la mujer moderna había tomado también lo malo del hombre, incluida la inclinación a "la fama y las medallas".

A la señorita y al criado les acompaña en escena otro personaje, Cristina, otra sirvienta, pero ésta convencida de que la servidumbre es una cosa digna y natural. Los criterios enfrentados no impiden, sin embargo, que Cristina sea amante de Juan. Así que aquí estaba el vértice que faltaba para el triángulo amoroso. Con este personaje, explica Miguel Narros, Strindgerg, al que hoy seguramente le costaría más hacer amigos, atacaba otra de las facetas que detestaba en "las mujeres y los idiotas", la religiosa, que por cierto determinó bastante su producción, aunque fuera a través de pensamientos sobre el vacío desconcertante de su pérdida de protagonismo.

Definida por el responsable del teatro, Antonio Álamo, como "fascinante", La señorita Julia, concluye Narros, es un texto hecho con "jirones de trajes de otras épocas y con voces también de otras épocas que asoman a través de una historia de amor".

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