De las múltiples formas de ser individuo

  • El Guggenheim de Bilbao exhibe ahora la serie de 82 retratos que el inglés David Hockney, uno de los más importantes artistas en activo, pintó entre agosto de 2013 y marzo de 2016

Ochenta personas en 82 retratos. En todos, el sedimento de un tiempo compartido. Asistentes del artista, el matrimonio que cuida su casa y la ordena, galeristas, comisarios, expertos en arte, modelos de otros tiempos: más que una indagación psicológica, los cuadros desprenden la memoria, activa, de amistades anudadas que perduran. Pero no es sólo una galería de amigos: hay en estos cuadros una mirada, atenta y respetuosa, a las diversas formas de ser y comportarse como individuo, percepción que nunca está privada de sensualidad.

Todos los cuadros tienen la misma medida, 121,9 x 91,4 cm, y estructura análoga aunque no idéntica. El fondo se divide en dos planos, uno vertical, horizontal el otro, cortados casi siempre por una oblicua. Dos colores, verde turquesa y azul plomo, alternan entre sí en esos planos. Sobre el horizontal, una silla escapada de un comedor, y en la silla el modelo con las ropas con que prefiere posar. Incluso en las indumentarias más sencillas pone Hockney una nota de color: un detalle del vestido, una sombra, un reflejo. A veces el color adquiere mayor protagonismo, como en la falda bermellón de la diseñadora Rita Pynoos, cuidadosamente dibujada.

Cada modelo debía permanecer posando siete horas durante tres días consecutivos

Porque David Hockney empezaba cada cuadro dibujando al modelo, situado en una plataforma elevada a 90 centímetros del suelo. Allí debía permanecer siete horas (con los descansos precisos), durante tres días consecutivos. Al dibujo sigue la pintura. A veces Hockney completa o corrige: por eso busca un acrílico que le permita ese toque final.

La serie de 82 retratos y un bodegón (pintado un día en que un modelo no pudo asistir) surge inopinadamente. En la primavera del año 2013, uno de sus ayudantes, Dominic Elliot, se suicidó. La muerte del joven conmovió a todo el equipo de Hockney, también a Jean-Pierre Gonçalves de Lima, su asistente principal y secretario, al que Hockney retrata con el gesto del Anciano afligido de Van Gogh (Saint-Remy, 1890). El retrato de Gonçalves de Lima era un duelo pero se convirtió en germen de la serie: sólo un mes más tarde, en agosto de 2013, Hockney inicia estos retratos, con idéntico formato al de Gonçalces de Lima. La da por terminada (no definitivamente) en marzo de 2016. Estamos pues ante un sostenido alegato contra la muerte y el olvido, como si Hockney (octogenario desde el último mes de julio) quisiera combatir la ausencia.

Desde muy joven David Hockney cultivó el retrato. Aún estudiante, lleva a una litografía su propia figura con ecos gays. Más tarde en California, los cuadros referidos a su amante, el artista Peter Schlesinger (1966, 1972, 1977), reflexionan sobre esa relación. Diferentes son los retratos, a veces por encargo, de los coleccionistas Fred y Marta Weisman (1968) y del matrimonio Clark (1971). Reitera la figura de Mrs. Clark, Celia Birtwell: convertida entonces en su musa, muestra su serena madurez en esta serie. De los años en que estudió las posibilidades de la cámara Polaroid data un potente retrato de su madre y el año 2000, cuando la National Gallery le da a elegir un cuadro del museo para replicarlo con una obra propia, escoge una pieza de Ingres, el retrato de Jacques Marquet, un oficial de Napoleón en Roma, y le opone doce figuras también uniformadas, los vigilantes del museo, realizadas con camara lucida.

Poco tienen que ver esas investigaciones con estos 82 retratos que son una entusiasta apología de la pintura. Localiza algunas figuras en la sección áurea de la horizontal del lienzo: así el galerista Gagosian, el editor Taschen, el comisario e historiador, Sir Norman Rosenthal o Irving Blum, el galerista californiano que expuso por primera vez las latas Campbell de Warhol. Otras veces, centra al personaje, al menos el rostro (así, Frank Gehry o la joven Oona Zlamany). A John Baldessari lo recoge frontalmente, uniendo en un solo plano vertical los dos del fondo, de modo que sólo el peso de la figura logra flexionarlo hasta hacerlo horizontal. A esto se añade el color: las sombras azules sobre la blusa amarilla de Ayn Grinstein (hija de un importante editor de obra gráfica), el vestido azul de Chloe McHugh o la lograda luminosidad de los amarillos de uno de los retratos de Jonathan Mills donde el plano verde cede a violeta para subrayar el contraste cromático. Uno de los últimos retratos, sencillo y sereno, destaca por la presencia de la figura: Edith Devaney, comisaria de la exposición, reposa en sí misma y a la vez establece una sorprendente cercanía.

La exposición requiere tiempo: pasada la primera inmersión en el color, la mirada busca matices y el cuerpo se deja interpelar por las diversas figuras.

Un eficaz gabinete pedagógico con textos y fotografías sirve de iniciación a la muestra, gracias sobre todo al vídeo en el que Hockney habla de su trabajo con Edith Devaney.

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