Un musical flamenco plausible

Buñuel eligió como estrella de Filmófono a Angelillo (que había debutado en el cine en 1934 con El negro que tenía el alma blanca), uno de los cantaores de flamenco más populares del momento. Ya sea por los bajos presupuestos, ya por la popularidad de la que en ese momento gozaba el flamenco, tanto La hija de Juan Simón como Centinela alerta (de Gremillon y Buñuel), son auténticos musicales flamencos, los únicos que se han filmado en la historia, al menos hasta Saura. Los únicos auténticos musicales de cante flamenco. Porque en el cine de Angelillo, el cante flamenco es la estrella de la función. El cine aflamencado de posguerra era cine de canción andaluza, no de cante andaluz. En las obras de Angelillo fandangos y granaínas son plato principal, junto al cante y al baile de Carmen Amaya.

Aunque también suena alguna copla, en números deliciosos como Pobre presidiario, tema anticarcelario en el que Angelillo canta con una hoz y un martillo pintados en la pared de la celda sobre la leyenda "Viva la República". El vínculo político es claro, aunque el argumento de los filmes no deje lugar a dudas: la solidaridad de las clases populares y la vesania de señoritos, grandes burgueses, aristócratas e, incluso, dirigentes militares. La hija de Juan Simón funciona, pese a lo limitado de su presupuesto, como musical cinematográfico y flamenco y como film propagandístico de buena factura y algún rasgo de estilo.

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