La poesía que abraza la plenitud

  • El escritor cordobés José Luis Rey reúne sus escritos sobre sus poetas de cabecera en 'Los eruditos tienen miedo'

Luis de Góngora es "el San Pablo de la poesía moderna europea"; Dylan Thomas, "el mayor poeta europeo de la juventud"; John Donne enseña que "la poesía es mirar por la rendija de madera de la muerte"; Walt Whitman revela el camino de "la poesía que crece en todas partes, en todos los lugares, la que brota igual entre los negros y los blancos, entre los canadienses, los indios, los senadores, los inmigrantes"; y en Claudio Rodríguez "todo brilla, todo es hondo y sencillo a la vez, todo profundo y a la vez superficial, en el sentido de pintor y gozador de superficies sensuales de lo humano". José Luis Rey dialoga con sus poetas de referencia (y algún prosista invitado) en Los eruditos tienen miedo (Espíritu y lenguaje en poesía), un libro que acaba de publicar la editorial sevillana La Isla de Siltolá.

Entre la reflexión, la interpretación y la indagación creativa se mueve esta colección de escritos breves que reúne a más de 90 autores, con Juan Ramón Jiménez como apertura y cierre del registro y un debate en torno al lenguaje, el espíritu y la dimensión esencial de la poesía. "Este libro es el fruto de una evolución -señala Rey-. Yo era antes un poeta más gongorino y ahora soy más sanjuanista. Busco el espíritu antes que el lenguaje. Creo que las dos cosas son esenciales, pero la poesía debe darnos algo más que un conjunto de poemas: debe darnos un espíritu".

El autor de La familia nórdica descubrió la poesía en la adolescencia "como un don espiritual, algo que nos hace vivir con más plenitud". Posteriormente, en la universidad, "con el estudio de Góngora y otros autores fui ya pensando que lo esencial es el lenguaje, que lo que importa en un poema es que el lenguaje funcione, que sea un instrumento autónomo, como querían Rilke en su segunda etapa o Juan Ramón Jiménez". Y ahora Rey reconoce su "retorno a lo espiritual".

Este libro surge no sólo por la intención de reivindicar "esa primacía del espíritu sobre el lenguaje" sino también por el deseo de hacer "una especie de canon personal". "Los poetas que he seleccionado son los que siempre me han acompañado y lo siguen haciendo para ilustrar esa evolución mía hacia lo espiritual", indica el ganador de la última edición del Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla.

Los poetas en los que se manifiesta con mayor plenitud esa conexión con el espíritu son "los que ofrecen esperanza al hombre; por ejemplo el Wordsworth de la Oda a la inmortalidad, el Rilke de las Elegías de Duino, San Juan de la Cruz y el último Juan Ramón Jiménez". Un sentido del equilibro lo ofrecen "el Rilke de las Elegías o el Yeats de Navegando hacia Bizancio". Los eruditos tienen miedo se detiene también, entre muchos otros, en Emily Dickinson, que "colonizó la eternidad"; Wallace Stevens, en quien "la ironía alcanza un grado metafísico" y que proporciona el título del libro; Leopardi, que "el poeta del tiempo, el del paso fugaz del presente, de la demolición de los sueños"; Mallarmé, que es "la poesía pensándose a sí misma, la poesía dándose absoluta cuenta de que solamente podrá ser un hermoso fracaso en su pretensión de convertirse en orbe autónomo".

La poesía hoy, señala Rey, más que del lenguaje o del espíritu está pendiente "de internet". "No comparto el gusto de tantos poetas de mi generación por las nuevas tecnologías porque me parece que eso será tan evanescente y vano como el ultraísmo. Yo hago mi propuesta personal: la poesía tiene que ver con el espíritu y debe servirnos para labrarnos un espíritu antes que para leer un buen poema". Así, este ensayo tiene "mucho que ver" con su creación de los últimos tres años. En La fruta de los mudos (la obra ganadora del Ciudad de Melilla, de próxima aparición en Visor) está muy presente "ese afán por la búsqueda del espíritu".

Los eruditos que tienen miedo son "los que se acercan con sus múltiples lecturas a un poema e intentan someterlo a su cultura, cuando es el poema el que tiene que someternos a nosotros", arrastrándonos a la noche tenebrosa del lenguaje que exploró Góngora con sus fiebres de luz y su selva de música.

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