El poeta que escribió dos días de septiembre

  • El jerezano, insumiso crónico y contrario al pensamiento único, ha hecho de la poesía su razón de ser.

 José Manuel Caballero Bonald es un desobediente crónico, un contestatario del pensamiento único, un salmón que cambia de dirección entre millares de peces que se dejan mecer por la corriente y que ayer vio coronada su excelsa carrera con el Premio Cervantes, que reconoce una trayectoria repleta de coherencia y en la que abundan obras elevadas a los altares por los críticos. Pocos días después de cumplir 86 años (nació en Jerez un 11 de noviembre de 1926, de padre cubano y madre de ascendencia aristocrática francesa), une este galardón al Premio Nacional de Poesía, el Nacional de las Letras, el Andalucía de las Letras, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Federico García Lorca y, en tres ocasiones, el de la Crítica. Además es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cádiz.

Caballero Bonald estudió Filosofía y Letras en Sevilla entre 1949 y 1952 y náutica y astronomía en Cádiz. En estos mismos años comenzó a relacionarse con los cordobeses de la revista Cántico, como Pablo García Baena. Su carrera continuó en iberoamérica, donde fue profesor universitario en Bogotá y colaboró con Camilo José Cela y con el proyecto del Instituto de Lexicografía de la Real Academia Española. 

Poeta "discontinuo e intermitente", como a él mismo le gusta definirse, se toma con calma la poesía. Y, así, su poemario Manual de infractores, publicado en 2005 y galardonado con el Nacional de Poesía en 2006,  vio la luz ocho años después de Diario de Argónida, el anterior. Tras Manual de infractores, hizo gala de ese  mismo espíritu en La noche no tiene paredes (2009), un libro en el que el autor se sumerge en "el abismo de la memoria" y reivindica la necesidad de dudar porque asegura que "el que no tiene dudas, el que está seguro de todo, es lo más parecido que hay a un imbécil". Y después vino otro nuevo libro, quizá la aventura más arriesgada del Premio Cervantes: Entreguerras, publicado a principios de 2012, un largo poema autobiográfico, de casi tres mil versículos, sin rima ni metro prefijados y sin signos de puntuación, salvo exclamaciones e interrogaciones. 

Las entreguerras a las que se refiere el título tienen "un sentido literal": se refieren a sus "conflictos personales, a los enfrentamientos paulatinos con ciertas realidades inaceptables, a las luchas interiores para ir soldando lo que se vive con lo que se escribe", afirmó. 

"El permanecer en la brecha te rejuvenece. El que no se queda callado, el que iguala el pensamiento con la vida, tiene ya mucho ganado para rejuvenecer", dijo cuando cumplió 80 años. 

Afable e irónico, este escritor se toma la poesía como "una forma de defensa contra las ofensas de la vida", y con ese espíritu ha publicado libros como Las adivinaciones, Memorias de poco tiempo, Anteo, Las horas muertas (Premio de la Crítica, 1959), Pliegos de cordel, Descrédito del héroe (Premio de la Crítica, 1978), o los ya citados. 

Miembro de la llamada Generación de los 50, junto con escritores como José Ángel Valente, Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Ángel González y Francisco Brines, al nuevo Premio Cervantes no le gusta que se le encasille en ese grupo ni en ningún otro, porque "eso son muletillas que utilizan los historiadores para facilitar los manuales de literatura". 

Como novelista ha publicado títulos como Dos días de septiembre (Premio Biblioteca Breve, 1961), Agata, ojo de gato (Premio de la Crítica, 1975), Toda la noche oyeron pasar los pájaros (Premio Ateneo de Sevilla, 1981), En la casa del padre (Premio Plaza y Janés, 1988) y Campo de Agramante. 

En los dos tomos de sus memorias, Tiempos de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001), dijo todo lo que tenía que decir y lo contó "sin rencor". 

Como ensayista y articulista es autor de títulos como Notas sobre el cante andaluz; Narrativa cubana de la revolución; Luces y sombras del flamenco; Luis Góngora: Poesía; Sevilla en tiempos de Cervantes; Copias al natural o Mar adentro. 

Satisfecho del camino recorrido hasta ahora, porque ha elegido una profesión que le ha "ayudado a ser" el que ahora es, a Caballero Bonald solo hay algo que se le ha resistido: ser académico de la Lengua. 

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