Todo muy predecible, atado y bien atado

Santiago Lara, responsable de esta obra de título imposible, por rebuscado y pretencioso, es un autor de melodías muy personal. Así lo evidenció la bulería que abrió el recital y el zapateado que lo cerró. Por lo demás, fue un recital predecible. La primera parte más íntima. La segunda más social, con bajo eléctrico como refuerzo rítmico y con réplicas melódicas en forma de escalas a cargo de la segunda guitarra y del propio bajo a través de temas cantables del tipo rumba y balada. Lo de siempre. También apareció en esta segunda mitad del recital el baile tenso, de fuerza, técnicamente impecable, de Mercedes Ruiz.

Todo muy predecible, todo muy esperable. El público está saturado de esta fórmula de concierto para guitarra flamenca contemporánea que patentó Paco de Lucía y que ha devorado al resto de propuestas escénicas de este instrumento. Lara es, en este sentido, fiel representante de la actual generación de intérpretes flamencos: técnicamente fabuloso y armónicamente alejado del gran público. Le salva su contundencia flamenca, el ímpetu que aporta a su música. Pero, sin el recurso del cante, reducido a los puros estribillos, el recital resultó monótono. Las alegrías bailables aportaron un soplo de frescura y en la soleá el guitarrista alternó la búsqueda de nuevas fórmulas armónicas y el contundente rasgueo tradicional. La taranta me resultó lejana, ensimismada.

Mas, en general, no hubo riesgo. Todo estaba atado y bien atado. No le dio oportunidad a la sorpresa, a la muerte, al fracaso. No se corrió ningún riesgo en la escena y, como consecuencia de ello, el público se revolvía en las butacas. El intérprete, esta noche, no se arrimó al toro.

La impresión que tengo es que la nueva generación de guitarristas flamencos, la más preparada técnicamente de la historia, está cada vez más alejada del público, de la calle. Del corazón.

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