El primer paso hacia la madurez

Dada la escasa presencia de la música de Richard Wagner en nuestra ciudad (corren rumores de Tristán e Isolda para una próxima temporada, lo que no dejaría de ser una espléndida noticia) a lo largo de su historia lírica, la aparición de El holandés errante en los cartelones del Maestranza es siempre una grata noticia. No es, evidentemente, el Wagner de la plena madurez, sino una obra de lenguaje más asequible para la mayoría de los aficionados y que debe aún mucho a la tradición operística heredada. Escrita y compuesta entre 1840 y 1841 y estrenada en Dresde el 2 de enero de 1843, su lenguaje no ha roto aún con las convenciones dominantes en su época. Así, son fácilmente identificables una serie de números cerrados, frente al continuum musical de años posteriores. Eso sí, dichos números se expanden más allá de los términos habituales, pero siguen teniendo un claro comienzo y un definitivo final. Se nota sin dificultad la deuda con el lenguaje de la ópera belcantista italiana en números como el coro de las hilanderas, el duetto Daland-Holandés y las escenas entre Senta y Erik. Del universo del Singspiel parece provenir el personaje de Daland y su desmedido afán por el oro, lo que le asemeja al Rocco beethoveniano.

Pero, por otra parte, Wagner inicia con esta ópera un camino de no retorno hacia un nuevo lenguaje. En el terreno de la vocalidad, lo más novedoso es el estilo de canto del Holandés, que se desliza a lo largo de un sinuoso declamado melódico que rompe con la estructura estrófica dominante en los demás personajes. Situándonos, por otra parte, en el terreno motívico, nos encontramos con una serie de temas recurrentes. No puede hablarse, en puridad, de auténticos leitmotiven, pues no están sometidos a transformaciones ni se convierten en interlocutores dramáticos, como sucederá en El anillo. Son más bien imágenes melódicas de los personajes fundamentales, pero suponen un primer paso hacia la conversión del foso en un elemento más del decurso dramático. En lo orquestal sobresale el importante orgánico requerido en la partitura original, cercano a la centena de músicos, con un conjunto de metales realmente nutrido a base de dos trompas naturales en la orquesta, otras seis entre bastidores y otras dos de válvulas, dos trompetas naturales, dos cromáticas de pistones, una tuba contrabajo y dos trombones, todo para subrayar la presencia del mundo de los muertos vivientes de la tripulación del Holandés y para dotar de mayor brillantez a una ópera de fuerte y rápido atractivo.

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