Flamenco

La purga de mi corazón

  • Almuzara publica unas palpitantes memorias de Manolo Sanlúcar, plenas de anécdotas y melancolía, con las que el guitarrista exorciza sus fantasmas

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Escribo escuchando Mundo y formas de la guitarra flamenca, uno de los testimonios más felices de la música flamenca a lo largo de la historia y pienso, ¿de qué sirve la música si no sirve para proporcionar felicidad a su creador? Ésta, como otras obras de Sanlúcar, arrojan montañas de placer sobre los aficionados. Y sobre su creador. En el momento en que fueron concebidas y cada vez que son ejecutadas (algunas de estas piezas de 1973 aún están en el repertorio del maestro).

De ahí el contraste brutal que supone la lectura de estas memorias. Deseo y confío que hayan tenido un valor terapéutico para su autor. Alterné la lectura de El alma compartida con un texto de Claudio Magris en donde leo que "la privación absoluta no puede hablar; la literatura habla de ella y en cierto modo la exorciza, la vence" y pienso que gran dramaturgo es el azar, que vino a completar una lectura con otra. Porque, sin esta cita de Magris, el libro de Sanlúcar sería poco menos que insoportable. Pienso en otra cita, obviamente salvando las muchas distancias, la que encabeza la última gran obra de Cela, Oficio de tinieblas 5: "Esto, naturalmente, no es una novela sino la purga de mi corazón". Esto no son unas memorias sino la purga de un corazón en carne viva, que no oculta, sino todo lo contrario, su llaga. Una ruptura del hombre con la naturaleza, un alegato contra la aparente injusticia de la vida. Un artista, un hombre, resentido con el aire que respira cada día. Y, al tiempo, el testimonio de un hombre, un artista. Su inicio en la vida y en el arte, sus peripecias en el mundo de la farándula. Sus recuerdos de la Niña de los Peines o el gran Pepe Marchena. Estas memorias, casi siempre felices, contrastan con la desolación propia del momento en que se redactaron. Sanlúcar, según se desprende de este testimonio, no está contento con la vida, lo que significa decir que no se acepta a sí mismo. Las anécdotas dan vida a la obra, o sea que justifican varias existencias, en tanto que las reflexiones lastran la narración y la hacen tópica. Por eso digo que, al margen de lo que exigen al lector, deseo que hayan servido para suturar una herida que hoy permanece abierta. Como no es ningún secreto, y el propio guitarrista expone, se trata de la muerte repentina del hijo en plena juventud: "Mi hijo se marchó y se llevó con él cuanto yo era", espeta de primeras al lector.

Hay una idea poética que redime a esta obra, a esta existencia. La que se apunta en el título. Sanlúcar se siente huérfano de hijo y acude a su padre. Su padre es una presencia que recorre toda la obra. El alma familiar es ese alma compartida. Sanlúcar toca con el alma de su padre y muere en la de su hijo. Este drama es su motor creativo y, en forma de rabia, vital.

Sanlúcar es un guitarrista barroco, melódico, y traslada esta bizarría a su prosa con desiguales resultados: la sobrecarga de adjetivos e imágenes que hacen pesado un texto que vuela en la narración sencilla, casi oral y que, como digo, es sublime en lo particular y tópico y pesado en lo general. Como afirma en el prólogo Suárez Japón, Sanlúcar se nos ofrece "a corazón abierto", corazón que trata de purgarse en las palabras. El propio guitarrista nos da una clave cuando afirma que "esta actitud mía muestra la patología propia de un espíritu tortuoso que se niega a ser feliz".

El tocaor inaugurara el martes que viene la nueva temporada del ciclo Flamenco viene del sur con un recital que tiene el mismo título que este raro, impactante y emotivo libro de memorias.

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