Y la ranita cantarina se durmió

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Más de una persona se quedó literalmente anestesiada en el concierto de cierre del apartado Tres Culturas de Territorios. Y es que a estas alturas la new age ha perdido toda la fuerza, como la pierde la gaseosa en su botella tras estar abierta tantos años. El sopor irrumpió por momentos, sobre todo debido a la laxitud de algunas piezas de Mertens, cuya dosificada energía no pareció conseguir poblar el oído colectivo.

Temas extraídos de los álbumes Un respiro y Receptable (2007), con desarrollos minimales tan extensos como para llegar a agotarse por sí mismos, con un piano de sustancias añejas, un oxidado motor de una maquinaria tan obsoleta como limitada.

Melancolía y tristeza a raudales inoculándose paulatinamente como un suero en las venas sensitivas del respetable. Sentimientos avivados tema a tema por esa imaginaria voz en falsete característica de Mertens, cuyo timbre y tono se encuentran ahora en un plano absolutamente crítico y absurdo, sin sentido de la belleza vocal, y eso que por ahí dicen que recuerda al latín o al francés antiguo, ¿alguien puede elucubrar más?

Una eterna onomatopeya a veces chirriante y pocas veces divertida, tan repetida -y no repetitiva- que además resultó algo plasta y, por ende, el más flojo instrumento.

La aportación de la violinista Gudrun Vercampt resultó decisiva en el planteamiento más que formal del dúo, dando cuerpo tonal y melódico a los pentagramas de Mertens, incorporando contrapunto, trinos y hasta algún que otro intrincado guiño a la música celta.

Y a cada tantos temas, como algo preparado, unos hirientes focos sobre los ojos de los asistentes, para que no se durmieran, supongo.

Pero aquella cantarina -y aborigen- ranita si se durmió, al son de nanas sin demasiada gracia.

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