¿Quién es realmente Don Juan?

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¿Se debe salvar al final Don Juan? ¿Debemos continuar la tradición, hacer del Burlador la encarnación de un Mal que debe ser eliminado? ¿O más bien debemos ver en el personaje la materialización de las aspiraciones orgiásticas del ser humano, la carnalización del Deseo interminable? Hay tantos don juanes como escritores han recreado la historia y como directores lo suben a la escena, y Mario Gas parece haber optado en esta nueva producción del Maestranza por la ambigüedad deliberada. Desde la obertura hasta los últimos acordes tenemos ante nosotros a un personaje despreocupado por cuanto le rodea, despectivo con el resto del mundo y a quien ni tan siquiera le importan sus repetidos fracasos sexuales.

No acaba de quedar bien definido qué es lo quiere contarnos Gas, ni cuándo ni dónde ubica esta ópera. Con todo, lo que más puede reprochársele es haber despojado de teatralidad a una ópera que es pura acción, puro teatro. A pesar de un lujosísimo vestuario, la escenografía no dice casi nada, la iluminación es monocorde, oscura y desesperante y a los actores parece que nadie les ha dicho claramente qué tienen que hacer. Hubo momentos grotescos y ridículos, como el duelo, el final del primer acto, la aparición en el cementerio del Comendador como un vampiro en su ataúd o la comparecencia final de la ¿estatua? sin que al escenario se transmitiera al tensión dramática de cada uno de esos momentos.

Claro que tampoco hubo tensión ni dramatismo en la dirección musical. Ros Marbá parcece haberse retrotraído muchas décadas atrás en una concepción pesante, lenta y sin tensión de la música de Mozart. Con una Sinfónica desangelada, con las esperables meteduras de pata de la trompeta y de las trompas, con una cuerda destemplada y que mostró continuos desajustes entre secciones en los ataques y entradas, el director ofreció una visión plana y sin vida, lenta hasta el aburrimiento en la obertura y sin querer o saber subrayar la carga de dramatismo de los acordes en los recitativos acompañados de Doña Ana (ni un solo sforzando). Por no hablar de la musicalmente triste y plana aparición del Comendador o de los varios desencuentros entre foso y escena.

Schrott parece tener bien interiorizado el personaje de Don Juan. Su voz es amplia y rotunda, la maneja con intencionalidad, pero el fraseo es a menudo brusco y apresurado, se come los finales de frase y en los recitativos tiende a iniciar las frases hablando. Vinco fue un Leporello creíble por voz y acción, aunque le hubiese venido bien algo más de picardía al aria del catálogo. De la triste y chillona voz de Harteros nada diremos por haberse anunciado una indisposición. La Elvira de Tola fue ganando en intensidad y seguridad: tras un primer acto dubitativo, con la voz poco firme, cantó en el segundo un Mi tradì de gran concentración emotiva. Lojendio, a despecho de algunos agudos algo tirantes, fue una Zerlina de bellísima voz y fraseo muy matizado. El Octavio de Pirgu no acabó de convencer por su nasalidad, su falta de implicación afectiva y su fraseo tosco en Dalla sua pace, si bien defendió con holgura las coloraturas de Il mio tesoro. Masetto sonó en la voz rotunda de Gierlach, que supo definir bien vocalmente al personaje, aunque los graves tienden a sonar huecos, sin apoyo. Finalmente, el Comendador de Korn sonó sin delicadeza, basto y a veces desafinado.

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