Del refinamiento a la emoción

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El polaco Krystian Zimerman (Zabrze, 1956) es, como todos los grandes, pianista de personalidad y carácter fuertes, si se quiere incluso heterodoxo. Muy dado a no hacer públicos sus programas hasta pocos días antes de sus actuaciones, incluso a los cambios de última hora, para su tercer recital en el Maestranza (en febrero de 1998 y mayo de 2002 el público sevillano pudo disfrutar ya de su arte) reservaba una de estas sorpresas, de modo que la Sonata nº32 Op.111 de Beethoven (que en las últimas semanas se había oído ya dos veces en Sevilla, en las manos de Louis Lortie y de Elisabeth Leonskaja) se convirtió en la Patética del sordo de Bonn, si bien al final del recital Zimerman pidió disculpas por el cambio y, fuera de programa, ofreció el primer movimiento de la Op.111, que sonó con una fuerza expresiva que nos hizo echar de menos lo que podría haber dado con la intemporal e inefable Arietta que cierra la última sonata pianística del genial maestro alemán.

Es Zimerman también pianista de detalles, de refinamiento sonoro, de delicadeza, de planteamientos que, sin eludir el brillo que le permite su excepcional técnica, se centran en integrar de forma coherente en la estructura global de las obras que interpreta los matices a través de los cuales va construyéndolas, sin concesiones al espectáculo virtuosístico, al despliegue atlético y al deslumbramiento que producen los contrastes poderosos de colores o dinámicas. Su pianismo parece más preocupado por la esencia de cada obra, por interpretar lo que hay detrás de las notas que por la propia materia física del sonido, aunque la búsqueda también incumbe a esa fisicidad, tratando de encontrar el color idóneo para cada estilo, para cada pieza.

Lo comprobamos enseguida con Bach. Si en la introducción de la Sinfonía que abre la Partita nº2 el uso del pedal y las brutales retenciones de tiempo pudieran hacer pensar a alguien en un Bach por completo romantizado, pronto esa imagen se desvaneció con la claridad diamantina de la fuga o, después, con la rapidísima y muy articulada Courante. Zimerman convirtió la Sarabande en el centro emocional de la obra y fue generoso con el rubato en el Rondeau, en el que se adornó también con un crescendo y un accelerando muy expresivos. Fue así un Bach un poco en tierra de nadie, ni historicista ni romántico, personalísimo en cualquier modo.

Ya en la obra bachiana el polaco había dejado escapar alguna nota falsa (algo ciertamente muy extraño), lo que se repitió en un Beethoven sólido y elegante, pero algo desangelado, de una claridad pasmosa (soberbia la mano izquierda siempre), pero sin la intensidad que mostró después en la propina con el Maestoso de apertura de la Op.111. Los detalles de fraseo, la exquisitez del legato resultaron admirables pero al Adagio cantabile le faltó la hondura expresiva de versiones más clara y rotundamente románticas. Zimerman pasó por encima de él con el escalpelo, lo analizó y lo diseccionó con esmero, pero sin profundizar en su esencia poética.

Muy particular el tratamiento de la Sonata en do mayor de Mozart, con un sonido de gran levedad en los movimientos extremos, que sonaron muy rococós, y un notable énfasis expresivo en el Andante cantabile, de extraordinaria sutileza en el empleo del pedal, siempre con contrastes dinámicos muy controlados, unas dinámicas que estallaron definitivamente en el Finale de la Sonata nº3 de Chopin, bien situada en cuarto lugar, como cumbre de toda la velada. En ella confluyeron la prestancia del timbre, el equilibrio y el refinamiento de cada frase y la emoción (ese Largo lleno de matices) para recuperar al mejor Zimerman de siempre.

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