La revolución frustrada del 'Miserere'

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Cuando una composición musical se canoniza a través de un ritual gestual y de una tradición interpretativa, resulta complicado realizar sobre ella modificaciones, aunque éstas vengan desde una supuesta perspectiva historicista. En el caso del Miserere de Hilarión Eslava, Gutiérrez Juan ha querido este año vender a la ciudad un pretendido retorno a la partitura original y una limpieza de elementos añadidos a lo largo de los más de ciento setenta años de historia de esta peculiar obra.

De ser así hubiera sido algo realmente interesante por cuanto hubiese tenido de conocimiento de cómo sonaban estas músicas en los albores del Romanticismo español. Pero la realidad ha sido que las novedades han sido meramente cosméticas y referente a la instrumentación de un par de pasajes y poco más, al margen de la participación de un coro gregoriano. Interpretar el Miserere que Eslava compuso en 1835 hubiera supuesto reducir el coro a no más de veinticinco voces, la orquesta a un número similar, utilizar instrumentos hoy en desuso (trombón de pistones, serpentón) y reasignar algunos versículos a las voces originales (soprano en vez de tenor para los dos primeros fragmentos, falsetistas adultos en vez de niños en el Redde...). Una vez más, se ha inventado la pólvora con gran despliegue mediático. Para colmo, Gutiérrez Juan mostró enormes carencias como director. Fue la suya una dirección rígida, metronómica en exceso, sin matices y sin apenas indicaciones de fraseo, limitándose las más de las veces a marcar el ritmo con ambas manos. Unos pasajes salieron de sus manos excesivamente rápidos (los corales especialmente) y otros lentos (Miserere mei, inicio del Quoniam).

La Sinfónica no se empleó con interés, como suele ocurrir en estas ocasiones: los violines sonaron sin conjunción, desafinados y chillones, el solo de chelo fue para el olvido y los errores del fliscorno superaron a los de años anteriores. Al menos los solos de violín y clarinete sonaron con bello sonido.

A la Schola Gregoriana le faltó mayor gravedad en las voces, todas muy afectadas. Salvo algún desliz en sopranos y tenores, el Coro cumplió con solvencia y buen gusto su no fácil parte. Jorge de León, de atractivo timbre y sobrado volumen, volcó su interpretación hacia un fraseo nervioso y brusco, tirando hacia el forte (donde le corre mejor la voz) y sin línea de canto, con rigideces evidentes en las coloraturas. El Do final, muy preparado, le quedó asaz corto. Oliver puso la nota belcantista de la noche con su delicado fraseo y su sobreagudo final. Gallar se encontró más a gusto en Libera me, con un estupendo canto legato. Los niños de Los Palacios cantaron con gran gusto y afinación su complejo Redde.

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