Mucho ruido y pocas voces

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Era una noche especial, una velada operística que pretendía quedar en el recuerdo por varios motivos: por recuperar la ópera en escena en el Maestranza después de una larga sequía de más de medio año y porque se ponía de largo la ampliación del escenario y la nueva dotación técnica. Y así de solemne lo parecía a la vista de la cantidad de autoridades y de invitados presentes, además de por la asistencia de representantes de toda la prensa nacional.

Por eso es más inexplicable que los responsables artísticos de nuestro teatro no se hayan aplicado algo más a la hora de presentar un conjunto de voces acordes con la ceremonial ocasión. En realidad, voces, lo que se dice voces de verdad, sólo hubo una, ya casi de la casa afortunadamente para nosotros: Elisabete Matos. Ella cerró la anterior temporada con Tosca y ya entonces dije que la de la portuguesa es una voz de las de antes, a la antigua en el mejor sentido de la palabra. Es difícil escuchar hoy día voces grandes, capaces de pasar el foso desde el fondo del escenario incluso en un fortissimo orquestal; hoy gustan a los programadores las vocecitas bonitas y pequeñas, ligeras e inaudibles del mezzoforte para abajo. Por eso adquiere mayor relieve aún el retorno de Matos a Sevilla, para que podamos llevarnos al oído un recuerdo de lo que es una voz con personalidad, con color y con calor. No es en ella ya cuestión de simple potencia, sino de capacidad de expresar con los sonidos la emoción de cada momento, aun a costa de rozar a veces las tonalidades metálicas del La natural para arriba; de maestría a la hora de hacer que nos fijemos tan sólo en ella; de situarse muy por encima del resto de cantantes. En la famosa balada supo darle a cada estrofa un matiz particular, desde el más delicado lirismo a los acentos más dramáticos sin que el esmalte se afectase.

A pesar del título de la ópera, hubo poco Holandés, pues Halstein hizo aguas desde el principio y zozobró sin remisión por su voz temblorosa, sofocada, trasera y sin brillo alguno, con carencias tanto por abajo (inaudible) como por arriba (chillón), con un lastimoso final de su aria. A pesar de situarse en la boca del escenario, su voz apenas si se proyectó, quedando engullida por la de Matos en las escenas con ella. Como Daland, Fink fue notablemente rudo de fraseo (lo que, bien visto, le puede ir bien al personaje), con buenos graves pero con un pasaje sin resolver apropiadamente. Penoso el Erik de Silvasti. Era el tercer nombre que se anunciaba para este papel y ya empezamos a escamarnos de tanto baile de nombres en el Maestranza. La del finlandés es una voz estrangulada y llorona, tremolante y sin color y que se perdía en el espacio en cuanto bajaba del forte. Bastante más atractivo fue el Timonel de Ombuena, de grato tinte lírico pero con carencias en la zona grave. De los coros, estuvieron mejor ellos (estupendos tenores) que ellas (sopranos rozando el grito).

Tras una obertura errática (demasiado lento el tema central), un primer acto moroso y con escaso vigor y un segundo irregular, Halffter imprimió más brío en el tercero, pero sin llegar a despegar, quizá sabedor de la materia vocal que tenía entre manos. Hubo errores en corno, trompetas y trombones.

De la producción de Yannis Kokkos sobresale la fusión de realidad, reflejos y proyecciones, aunque tiende a hacerse monótona y a distraer la atención. Bastante flojo el final, en el que no hay correlación entre música y escena.

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