Una ruta bañada por la luz

  • Roberto Sánchez Terreros ilustra 'De Cádiz a Algeciras', un viaje literario por el litoral de la provincia con textos de Felipe Benitez Reyes y Óscar Lobato

Tras la primera entrega, dedicada a las muchas singularidades de una tierra tan mestiza como Gibraltar, el editor Pedro Tabernero y el sello Grupo Pandora no han tenido que irse muy lejos para añadir otra referencia a la colección Espacios abiertos, dedicada como el mismo Tabernero señala a cartografiar mediante libros profusamente ilustrados "lugares singulares por su localización geográfica, por su cultura, por su historia"; lugares, añade el editor sevillano, "donde la ilustración y la pintura se formulan como juego de reflejos de la realidad con el espectador, provocando experiencias inéditas".

Presentado el pasado jueves en el Salón Regio del Palacio Provincial de Cádiz en un acto que contó con la presencia de sus tres autores y de los editores, el nuevo título, De Cádiz a Algeciras, propone un sensorial y colorido recorrido por el litoral de la provincia, y para ejercer la tarea de cicerones el volumen reúne al novelista y Premio Nacional de Poesía Felipe Benítez Reyes y al también escritor amén de veterano periodista Óscar Lobato, autores de los textos que preceden a las ilustraciones de Roberto Sánchez Terreros, responsable ya del apartado gráfico de aquella primera obra de la colección. En esta ocasión, son 80 pinturas que recrean hermosos y emblemáticos lugares y rincones gaditanos, "imágenes", afirma Tabernero, que "destilan un nuevo entendimiento de los escenarios descritos, con un tono conciliador y una sensibilidad contemporánea que seducen".

El libro se abre con estampas de Cádiz, esa Cádiz a la que, escribe Benítez Reyes en su Acuarela que da la bienvenida al lector y lo ubica en el adecuado estado mental y anímico, debería siempre "llegarse la primera vez por mar, aproximarse al puerto mientras se define en nuestra mirada la Plaza de San Juan de Dios, que parece un decorado neoclásico montado allí para endulzar las fatigas de los navegantes: una ingrávida estructura de luz, puerta amable de entrada, espacio de acogida para el que llega". Una vez en tierra, el visitante encontrará un lugar "herido de tiempo" que "transmite una melancolía optimista y alegre, grata de alojar en nuestro ánimo, porque no hiere".

Al "delicado y portentoso paisaje urbano", apunta el escritor, se le une "un insólito paisaje humano: esos comerciantes que tienen siempre una frase con golpe de ingenio en la boca, y a los que acabas comprándoles alguna cosa más porque sí que por necesidad de lo que les compras, porque te han hecho cómplice de una risa, y eso no tiene precio; esas vendedoras de lotería clandestina en el barrio al que llaman La Viña, popular y marinero, donde la ciudad pierde su esplendor dieciochesco y decimonónico y las casas son pequeñas y bajas, con portales que se caen a veces a pedazos, porque allí la vida aprieta; esos hombres de aspecto formal que, luego, cuando llegan los carnavales, se disfrazan de la cosa más impensable y se echan a cantar por los callejones a quien quiera escuchar sus ocurrencias". De todo ello dan cuenta las ilustraciones de Sánchez Terreros, que retrata la playa de la Caleta, el Campo del Sur, las céntricas y bulliciosas plazas de la Catedral y de San Juan de Dios o el puerto...

En la vecina San Fernando comienza el viaje por los pueblos de una línea de costa que "atesora mil enigmas", escribe Óscar Lobato. "Sus olas saben del culto a dioses antiguos, de combates sangrientos, de héroes y mitos. Bajo sus aguas quedan huellas de civilizaciones idas y pecios cargados de sueños. Sus arenas custodian leyendas imposibles y se doran bajo la luz de sus ocasos del estío". La playa de La Barrosa y la iglesia de San Telmo, en Chiclana, rincones diversos inundados de luz y espíritu callejero en Conil de la Frontera o la popular playa de los Caños de Meca y una escena de la no menos conocida pesca del atún en Barbate constituyen otras paradas de este recorrido por un litoral que "alterna playas largas, calas discretas, y acantilados de faz bermeja", en la descripción de Lobato.

El arroyo del Candalar, en Zahara, las hermosas ruinas de Baelo Claudia en la bahía de Bolonia, la plaza de Santa María y los surfistas y el trasiego de ferries en Tarifa, con África asomando ya en el horizonte, conducen al lector hasta el acueducto, el puerto de frenética actividad industrial o la iglesia de Nuestra Señora de la Palma de Algeciras, final de trayecto de este libro que a su editor, Pedro Tabernero, le gustaría que se leyera y contemplara "con una mirada amplia, abierta de par en par".

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