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"Nuestra obra tiene una vida saludable, pero sólo aspiramos a cubrir los gastos"

  • El malagueño se desdobla en cinco personajes en 'La estupidez', una comedia de Rafael Spregelburd sobre la cultura de la codicia que está en el Lope de Vega hasta el domingo.

El actor Fran Perea, fotografiado ayer en el vestíbulo del Teatro Lope de Vega. El actor Fran Perea, fotografiado ayer en el vestíbulo del Teatro Lope de Vega.

El actor Fran Perea, fotografiado ayer en el vestíbulo del Teatro Lope de Vega. / josé ángel garcía

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Desde que empezaron con la obra que dio nombre a la compañía, Feelgood, sus integrantes se han marcado como meta ofrecer un testimonio del tiempo en el que viven. En su primer espectáculo, adaptación de una obra del escocés Alistair Beaton, denunciaban las manipulaciones del poder; ahora, en La estupidez, del argentino Rafael Spregelburd, retratan desde las hechuras de la comedia la codicia desmesurada del presente. Fran Perea (Málaga, 1978) analiza en esta entrevista las grandezas de un texto que representa, junto a los actores Toni Acosta, Ainhoa Santamaría, Alfonso Mendiguchía y Javier Márquez, desde hoy hasta el domingo en el Lope de Vega.

-En el material promocional del espectáculo, ustedes aseguran que creen en los autores contemporáneos y que quieren "contar nuestra época".

-Sí. Yo he trabajado en clásicos [Fedra, El burlador de Sevilla o Electra], pero es verdad que en nuestra compañía hay interés por los autores contemporáneos, y a ser posible vivos [ríe]. Nos interesa lo que está pasando en el mundo, y desde el escenario se puede contar de una manera real. Entendemos el teatro como algo vivo, y nos gusta ir compartiendo con el autor los pasos que vamos dando, para encontrar un feedback, por si hay alguna revisión. Es bonito ese proceso. Y además, hay gente fantástica que tiene cosas que contar y podemos ayudarla con nuestro trabajo. Aquí se daba la circunstancia de que Rafael Spregelburd es un autor maravilloso, pero no suficientemente representado en España.

-Ustedes pensaron en hacer 'La estupidez' antes incluso que 'Feelgood', pero aplazaron el montaje porque les parecía un texto muy difícil para una primera producción, con cinco actores encarnando 24 personajes y una extensión de tres horas.

-Lo decimos siempre: La estupidez es una catedral, en todos los sentidos. Rafael asegura que el que hace es un teatro imposible y nosotros decimos que la obra es un mastodonte... pero hemos conseguido domar a la fiera. Es un tipo de comedia que buscamos. En estos años se ha visto el género como entretenimiento sin más, pero esta obra deja un poso, preguntas en el aire.

-Los espectadores del Lope de Vega descubrimos a Spregelburd en 2008, cuando se programó un ciclo de teatro argentino, y nos sorprendimos con un dramaturgo imprevisible, excesivo, genial.

-Estamos acostumbrados a la lógica aristotélica, a que, si un personaje tose al principio, a ti no te coja por sorpresa que al final ese hombre muera de tuberculosis. Rafael Spregelburd puede poner a toser a un personaje pero eso no significa nada, puede que no ocurra nada más al respecto. Su universo funciona de una manera distinta a la lógica actual.

-No es casual la elección de Las Vegas como escenario del argumento, en una obra que reflexiona sobre la codicia.

-No, no es casual, porque hablamos de una ciudad construida con el único objetivo del lucro. Durante el proceso de ensayos nos lanzábamos muchas ideas, y hay una que me inquieta particularmente: la cuestión de qué mundo hemos creado. ¿Cómo hemos llegado a este orden tan desequilibrado, tan cojo? ¿Cómo hemos convertido el dinero en el único valor que nos importa? La obra se pregunta esto sin dar respuestas al público, apuntando muy fino.

-Ante ese mundo cojo, está la responsabilidad individual. Tras su éxito en televisión usted podía haberse quedado ahí, pero prefirió una carrera con proyectos enriquecedores más allá de lo material. Por lo que dicen, 'La estupidez', aunque está funcionando, no va a darles muchos beneficios...

-Es verdad que nosotros, a duras penas y tras año y pico peleando, con un espectáculo que está teniendo una vida saludable, con el que hemos podido salir de gira, buscamos poder amortizar la inversión, simplemente. Es un panorama muy complicado. Nos movemos en unos terrenos muy duros en la cultura, y en las artes escénicas no te quiero ni contar. Afrontamos períodos de amortización larguísimos, un beneficio empresarial mínimo... Al consabido IVA hay que sumar el tanto por ciento que se quedan las tiqueteras, más el tanto por ciento de tal... Hay algo en el circuito teatral que no está bien diseñado, no se trata sólo de cambiar las condiciones fiscales, sino el planteamiento desde la base.

-Ustedes suspendieron las funciones en Barcelona porque se les cayó un patrocinador. ¿Por qué cuesta tanto que se haga aquí una apuesta seria por el mecenazgo, como ocurre en otros países?

-En Barcelona esperábamos una ayuda económica que no llegó y tuvimos que decir que no, porque por sí solo no podía ser sostenible. Claro, no hay una cultura de mecenazgo porque no hay beneficios fiscales. Si no los hay, una empresa se pregunta qué rentabilidad le da participar, ve que ninguna y lo descarta. Es interesante estudiar cómo la cultura se puede beneficiar de una marca y una marca a su vez de la cultura, intentar hacer un intercambio, porque si no tienes ese sostén es complicado.

-El equipo de Feelgood, la compañía, surgió mientras representaban 'Todos eran mis hijos', de Miller, a las órdenes de Claudio Tolcachir. Y ahora vuelven a colaborar con otro creador argentino, Spregelburg. ¿Se merecen al otro lado del océano esa fama de ser los mejores de la escena hispanoamericana, como les pasa a los ingleses en el mundo anglosajón?

-Feelgood existe en parte gracias a la complicidad que hemos tenido con Timbre 4 [la compañía, también escuela y teatro, de Tolcachir en Buenos Aires]. Ahí vimos la experiencia de un grupo joven, que se une, que forma un equipo y se pone a hacer espectáculos... Eso fue un ejemplo para nosotros. Aparte está la admiración por el teatro argentino, donde hace unos años se produjo un movimiento fuerte, que generó unas corrientes muy potentes, donde tienen además un arraigo en la teoría que nosotros hemos ido perdiendo. Puedes mirar allá y aprender mucho. En España, en Madrid, se produjo un flujo muy estimulante, pero es verdad que en Argentina nos llevan la delantera.

-Ustedes, como compañía, recuerdan en su funcionamiento a los cómicos de toda la vida, a ese linaje de grandes que salían a la carretera a buscarse la vida.

-Ellos son los modelos que no podemos perder. Yo conocí de refilón a Fernán Gómez, pero es impresionante el legado de obras, de películas, que ha dejado. En mi carrera he tenido la suerte de trabajar con otros grandes como Alicia Hermida, José Carlos Plaza, Ana Belén... Sí, nosotros nos sentimos como esos cómicos, nos gusta el trabajo artesanal, buscar funciones, intentar llegar al máximo de gente pese a los pocos medios. Esa convicción de que si las cosas no van por un camino fácil, coge, echa las cosas al carro y métete por el camino de piedra, que a algún lado llegarás.

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