El signo de la normalidad

  • Manolo García cosecha un triunfo absoluto en su concierto del pasado sábado en el Auditorio Rocío Jurado de Sevilla

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Manolo García es una persona normal. O al menos, ésa es la sensación que da pues, después de asistir a alguno de sus espectáculos, siempre deja la duda en el aire de que, tras su apariencia cercana, mantiene perfectamente asentados los cimientos del que constituye uno de los solistas más aclamados del pop nacional en la actualidad. Algo que no es precisamente fruto de la casualidad.

Si no, no se entendería su amplia trayectoria de casi tres décadas -incluidas etapas con Los Burros o El último de la fila-; ni su producción de cuatro discos propios; ni, por supuesto, llenar hasta la bandera, cuantas veces venga a Sevilla, aforos como el Auditorio Rocío Jurado donde, el sábado por la noche, colgó el cartel de No hay billetes tras vender las 8.000 localidades disponibles.

Allí, en una mágica propuesta escénica flanqueada por cientos de cintas de colores y soles colgantes a modo de "atrapasueños" que recreaban el particular universo del artista, éste presentó los temas de su álbum más reciente, Saldremos a la lluvia, amén de éxitos de sus diferentes periodos. Los asistentes, rendidos al talento de su ídolo desde el primer minuto, lo llamaban como quien avisa a su vecino para que salga al balcón: "¡Manolito! ¡Manolito!".

Hasta que Manolito apareció y comenzó a cantar entre ovaciones constantes y aplausos a compás que le hicieron sentir, según sus palabras, "un poquito más sevillano". Y es que, aunque catalán de nacimiento, a García siempre le ha acompañado un particular quiebro de aires sureños por el cual, amén de otras razones, su voz y su estilo conectan de forma especial con nuestra tierra.

Provincia de río negro fue la encargada de dar el pistoletazo de salida a un repertorio de veintinueve títulos durante el que el artista se mostró vitalista y generoso, animando de un lado al otro de las tablas e incluso, durante el tramo final, bajando al foso para saludar personalmente a sus fans -y hasta tirándose sobre ellos en varias ocasiones- mientras interpretaba su popular San Fernando. Aparte, Bailarás como un indio, Rosa de Alejandría o Insurrección constituyeron otros momentos álgidos de una propuesta para la que poner un sólo pero resultaría injusto. Acompañado por una banda de ocho miembros, y con la coreografía en diversos instantes de una bailarina, el cantante, y pintor, disfrutó tanto -y fue mucho- como hizo disfrutar.

Tres años habían pasado desde su última comparecencia profesional aquí y su frescura se mantiene intacta. Sabrás que andar es un sencillo vaivén, Contigo me quedaría o A lo lejos del río, tres de sus más recientes melodías, fueron buena muestra de ello. El resto, fruto de la confianza y del buen rollo generalizado, hizo subir, durante más de dos horas, la adrenalina del ambiente. Algo, sin duda, poco frecuente.

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