Premios goya

'La soledad' sorprende en los Goya

  • El filme de Jaime Rosales se lleva el premio a la Mejor Película y al Mejor Director. Maribel Verdú y Alberto San Juan triunfan en las categorías de interpretación y 'El orfanato' obtiene siete estatuillas.

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Parecía que la cosa estaba entre El orfanato y Las 13 rosas, pero al final no fue ni la una ni la otra. La triunfadora de la 22ª edición de los premios de la Academia de Cine española ha sido La soledad, una producción pequeña e intimista que ha pasado como una exhalación por las salas y que parecía más una convidada de piedra que una candidata real.

Sólo se ha llevado tres premios, pero entre ellos están los dos grandes de la noche, Mejor Película y Dirección (que se completan con el premio al Actor Revelación para José Luis Torrijo), y contra ellos nada han podido hacer ni los siete de El orfanato ni los cuatro de Las 13 rosas.

El filme de Juan Antonio Bayona ha obtenido los galardones al Mejor Director Novel, Dirección de Producción, Guión Original, Sonido, Efectos Especiales, Maquillaje / Peluquería y Dirección Artística, mientras que el de Emilio Martínez-Lázaro ha conseguido las estatuillas a la Mejor Fotografía, Diseño de Vestuario, Música (de Roque Baños, que recibió el premio del nominado al Oscar Alberto Iglesias) y Actor de Reparto para José Manuel Cervino.

La cuarta cinta en discordia, Siete mesas de billar francés, de Gracia Querejeta, tuvo que conformarse con dos galardones, que fueron a parar a dos de sus protagonistas: Amparo Baró, en la categoría de reparto, y a una emocionadísima Maribel Verdú en la categoría principal, que recogió al fin un Goya tras cinco nominaciones.

Dos premios también se llevaron Bajo las estrellas, de Félix Viscarret, uno para su guión (adaptado) y otro para su protagonista, un Alberto San Juan que, fiel a su estilo, dedicó el premio a que “desaparezca de una vez por todas esa cosa llamada Conferencia Episcopal”; y REC, una de las sorpresas (sobre todo en la taquilla) de la temporada. El filme de Paco Plaza y Jaume Balagueró obtuvo reconocimiento por su montaje y por su actriz revelación, Manuela Velasco.

Los "premios más importantes de la noche"

Intentaron sacarlos de la ceremonia, y la polvareda consiguiente obligó a los académicos a dar marcha atrás y volverlos a incluir en la gala, así que José Corbacho, presentador del evento, tenía toda la razón cuando dijo que los premios a los cortos eran los más importantes de la noche. Los cortometrajistas estuvieron, sí, pero de un modo poco ortodoxo. En lugar de anunciar al ganador de cada categoría tras la lectura de los candidatos, Santi Millán (encargado de entregar los galardones) y Corbacho leyeron primero los nombres de los seleccionados en las tres categorías (animación, documental y ficción) y luego dijeron, de un golpe, los tres ganadores: Tadeo Jones y el sótano maldito en animación, El hombre feliz , de la sevillana Lucina Gil, en documental y Salvador (historia de un milagro cotidiano) en ficción.

La otra categoría polémica de la presente edición, la de Mejor Canción Original (por la descalificación de varias de las piezas inicialmente seleccionadas por los académicos), fue a manos de Carlos Saura, o más bien a su película Fados.

El 'espíritu' de Bardem
Aunque esté recogiendo premios por todo el mundo (y lo que queda, o eso esperamos), Javier Bardem no optaba a ningún Goya por No es país para viejos -la Academia española no premia a producciones norteamericanas (ya tampoco a europeas, categoría eliminada en la presente edición), sólo a hispanoamericanas (la ganadora en esta categoría fue, por cierto, la argentina XXY)-, pero sí que estuvo presente en el Palacio de Congresos de Madrid. El filme Invisibles, un proyecto apadrinado por el actor, Isabel Coixet, Fernando León de Aranoa, Mariano Barroso, Javier Corcuera y Wim Wenders, logró el premio al Mejor Documental, mientras que Nocturna obtuvo el de Animación.

Nada nuevo bajo el sol

Y en cuanto a la gala, lo mismo de todos los años. Casi tres horas de ceremonia que se hicieron interminables por mucha buena voluntad que le pusiera (y la puso) su presentador, un José Corbacho a medio camino entre la contención y el histrionismo al que en ningún momento acompañó la gélida platea (tampoco es eso nuevo; el público de las galas de los Goya es, año, tras año, el más pétreo del globo).

Corbacho, que con sus virtudes y sus defectos es lo más parecido que tenemos por aquí a Billy Crystal, sustituyó sus recreaciones de las cintas nominadas a Mejor Película del año pasado por unas versiones que sólo diferían de los originales en sus diálogos y que fueron, junto a la timba de póker que en un camerino mantenían Alejandro Amenábar, Juan Cruz y Santiago Segura, lo mejor de la velada.

Siete mesas de billar francés pasó a ser el relato de la supuesta (y falsa) rivalidad entre sus dos protagonistas, Maribel Verdú y Blanca Portillo, El orfanato se convirtió en la lucha de Belén Rueda por una vivienda digna sin ceder a la tiranía del Euríbor, Las 13 rosas en Las 13 rojiblancas (su productor es Enrique Cerezo, presidente del Atlético de Madrid) y La soledad una burla de la llamada polivisión, la técnica sobre la que Rosales ha edificado su película.

El presentador, que repartió besos a diestro y siniestro (incluidos dos de tornillo a Elsa Pataky y a Hugo Silva), cerró la noche caracterizado como Bardem en No es país para viejos, despidió con un “con dos cojones” el largo y deslavazado discurso de agradecimiento de Alfredo Landa (que recibió su Goya de Honor de manos de José Sacristán y Miguel Rellán) y se permitió el lujo de suplantar a la presidenta de la Academia, Ángeles González-Sinde, aunque por desgracia la auténtica le sustituyó.

¿Por desgracia? Sí. La actual responsable de la institución española no hizo más que recorrer en su intervención los lugares comunes por los que pasearon todos sus antecesores, insistiendo en el valor del cine como expresión cultural, como identidad de un pueblo, pero olvidando, una vez más, que también es, o debe serlo para que funcione, una industria, y que no basta con renunciar al “consumismo feroz” (la taquilla) o reclamar “protección para las ideas” (o sea, el dichoso canon digital y la Ley del Cine) para convertir al cine español en un verdadero sector productivo que permita vivir (bien, a ser posible) a cuantos se dediquen o quieran dedicar a él sin tener que mendigar subvenciones.

Uno de los chistes recurrentes de la noche fueron unos vídeos de Woody Allen intercalados a lo largo de la ceremonia y en los que el director (doblado al efecto), que hace unos meses rodó en Barcelona, recordaba que había votado a Garci, Trueba o Almodóvar en los Oscar y pedía a los académicos españoles su voto para la próxima edición de los Goya porque él también es un director español. Difícil lo va a tener.

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