No sólo somos tamagoshys

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Pulsión es de esas obras en las que un crítico se siente inseguro. Estamos ante un excelente montaje con una soberbia puesta en escena que demuestra el buen hacer de su director, Miguel del Arco, que sabe ensamblar con esmerado acierto los doce momentos que nos ofrece la pieza.

El escenario de Arturo Martín es un ejemplo de limpieza técnica y de aprovechamiento del espacio de manera elegante, efectiva y efectista.

La interpretación de Carola Manzanares y Carlos Ibarra es un trabajo denodado, cada uno da vida a doce personajes con sus cambios de personalidad, vestuario y expresiones corporales, y saben transmitir, en unas escenas mucho más que en otras, en todo momento la intensidad que requieren sus personajes.

Sin embargo, en este caleidoscopio de la vida urbana de jóvenes de entre veinte y treinta cinco años que buscan y nunca encuentran a alguien a quien amar existe una fisura que hace que el mensaje llegue con dificultad al espectador. Los textos, de varios autores, son desiguales y los deseos, las paranoias y las necesidades de sus personajes se hacen confusas en según qué momentos en los que, incluso, llegan a aburrir.

En los demás, la obra toma vuelo y llegamos a identificarnos con esos individuos que, sometidos, a nuestra sociedad ciega, egoista, compulsiva, de eternos peterpanes que sólo buscan el placer creyendo que en él está el amor. Entonces, vemos la profundidad de esta obra que, sin duda, habla del mal de nuestro siglo: la insoportable soledad, la horrorosa sensación de sentirse vacío y la desgarradora necesidad de que sea el otro quien nos rellene el insondable hueco que nos destruye por dentro y no nos deja ser felices.

Con todo, la suma de tantos desaires, doce, llegan a cansar cuando en ningún momento se nos ofrece ni un hálito de esperanza.

Puede que la frialdad del mundo anglosajón sea mal digerida en nuestro universo mediterráneo, sería una razón para entender el desencuentro que produce Pulsión, que tiene su mejor momento en las escenas del chico enfermo.

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