Cuando sufrir es gozar

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Una pregunta digna de Íker Jiménez: ¿por qué en las óperas o en los conciertos de la Sinfónica se oyen más toses y ruidos que música mientras que en los conciertos de música de cámara del Cajasol o de los Amigos de la ROSS suele habitar el más acongojante de los silencios (salvo el móvil hortera de ayer, hay que reconocerlo)? ¿Será porque a estos conciertos de intimidad física y anímica va sólo quien de verdad disfruta y respeta la música y no al que únicamente le interesa figurar y ser visto?

Sea como fuere, resulta un placer asistir a estos conciertos organizados de forma heroica y altruista por los Amigos de la Sinfónica, que de vez en cuando, como ayer, se dejan caer con una intervención externa a la ROSS. Nada menos que Ana Guijarro se puso el traje de faena musical para, junto a dos espléndidos músicos como Natsvlishvili y Dmitrienko, ofrecernos una mañana llena de belleza y de congoja.

Belleza, sí, porque la pianista, de tan imborrable huella en esta ciudad, coadyuvó a unas interpretaciones llenas de fuerza, de pasión y de profundidad. Luchando contra el triste estado del piano (octavas superiores metálicas y apagadores sin tensión), Guijarro desplegó su fraseo siempre atento a las inflexiones sentimentales de la música, matizado hasta el último detalle y con una pulsación siempre precisa y de fuerza siempre acorde al momento musical. Fue maravillosa la manera de expresar el bellísimo motivo del Andante del trío de Mendelssohn, con la justa dosis de rubato como para provocarnos un gozoso escalofrío. Y no se olvide la manera de sostener y dosificar el tema en ostinato, acuciante y sobrecogedor, del primer movimiento de la obra de Rachmaninov.

Junto a ella, Natsvlishvili y Dmitrienko consiguieron un más que notable empaste, igualdad e intensidad sonora, con unos matices muy cálidos y una expresividad que no rehuyó en ningún momento (salvo en la exposición y en la reexposición del primer tema del Molto allegro de Mendelssohn, algo contenido) los ataques enérgicos y desgarrados, como en el Allegro risoluto de Rachmaninov. Un festivo tango a tres sirvió para liberar toda la tensión acumulada de un concierto de los que hacen afición.

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