El talento ilimitado de William Forsythe

Después de dieciséis años, el Teatro Central volvió a vibrar anoche con Impressing the czar, una de las mejores coreografías del americano William Forsythe, director durante veinte años, hasta 2004, del Ballet de Fráncfort -con el que visitara este teatro en 1992- y uno de los puntos de referencia fundamentales para la danza del último tercio del siglo XX.

Interpretado esta vez por el Real Ballet de Flandes -el único ballet clásico de Bélgica-, la pieza demostró, a pesar de los años transcurridos, que mantiene la validez, la frescura y la energía que sólo los grandes trabajos son capaces de conservar.

Amante de la geometría, de la arquitectura y del dibujo, y consciente de que el mensaje de la danza clásica no tiene ya ningún sentido posible, Forsythe une su rigurosa formación y su enorme talento a una muy americana falta de prejuicios frente a la cultura y ha creado un ballet con la danza como única protagonista. Así muestra su historia en una casi surrealista primera escena en la que las estructuras de las danzas de los siglos XIX y XX son destruidas para crear otras nuevas en las que los intérpretes, al desaparecer el aura del bailarín clásico, invaden continuamente el espacio del otro, iniciando y mezclando decenas de discursos diferentes, que se desplazan sin cesar creando miles de acciones simultáneas, muy difíciles de gestionar por la mirada del espectador.

Y tras esa hermosa lección de organización del caos para disfrute de todos vendría la segunda escena, In the middle, somewhat elevated, una maravillosa pieza, de enorme dificultad, creada con anterioridad a las otras para las estrellas del Ballet de la Ópera de París. Sus nueve intérpretes, austeramente vestidos con maillots verdes, hicieron un auténtico alarde de concentración y de buena danza al explorar continuamente todas las direcciones -magnífico en verdad el solo de Yuree Matsuura- en el espacio y todas las geometrías de sus propios cuerpos, al ritmo sostenido de la música de Tom Willems.

Pero si hasta ese momento habían aparecido dos caras distintas del maestro, aún quedaba el tercer acto y con él, una nueva prueba de imaginación y de vigor creativo, con grandes dosis de humor y también de malignidad. Tras la irónica escena de una subasta, toda la compañía se viste de "colegiala" y, lo que es más difícil, arroja de su cuerpo la memoria del lenguaje clásico para entregarse a una auténtica fiesta en el Bongo bongo Nageela. Un felicísimo desmadre en torno a un herido de flecha en el que cada uno puede ver, oculto, lo que le venga en gana: La Consagración de la Primavera de Nijinski, los cisnes del famoso Lago o esas demostraciones masivas que Alemania (como España en otros tiempos) tan bien supo utilizar. Pero, por encima de todo, un disfrute que nadie olvidará.

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