Y la tercera noche llegó Tomasz Stanko

Cada cual haga con las estrellas de puntuación lo que le parezca, nosotros le ponemos cuatro estrellas como cuatro velitas al Nordic Quintet de Tomasz Stanko, que devolvió al Teatro Central el brillo de pasadas ediciones del Jazz en Noviembre, estos días convertido -para sorpresa de todos, disgusto de unos y deleite de otros- en Tramuntana Jazz Connection.

La actuación del dúo de Agustí Fernández y Liba Villavecchia dejó frío a quien escribe, que suma al amplio catálogo de sus debilidades y vicios cierta falta de interés por la obra del trompetista Kenny Wheeler, a quien el dúo homenajeaba el viernes. El saxo de precisas aristas a lo Brecker de Villavecchia y el lirismo de Fernández se ajustaron fielmente a la -para unos brillante e incontestable, para nosotros lúgubre, pretenciosa y narcótica- melancolía wheeleriana.

Una vez entonado el mea culpa -pues nadie más que nosotros es responsable de nuestros gustos-, agradezcamos la llegada de Tomasz Stanko y su Nordic Quintet al teatro de la Cartuja. Recientemente lamentábamos en este diario la tiranía de la técnica -que puede, como la escalera del castillo de El Jovencito Frankenstein, ser traicionera-, el abuso de virtuosismo que con tanta frecuencia afecta a los músicos de jazz. Es algo que hace mella con más frecuencia en aquellos que, bien por la naturaleza de su instrumento o por el lugar secundario al que tradicionalmente ha sido relegado, parecen empeñados en devolverlo a golpe y porrazo y de la noche a la mañana al lugar que le correspondería. Esta suerte de venganza, claro, no puede obrarse más que sobre el público. Es algo que le sucede, por ejemplo, a muchos bajistas eléctricos: por eso nos aburrieron los conciertos del jueves y por eso nos gustó tantísimo el gran Steve Swallow en aquel concierto redondo de John Scofield, el año pasado en el Central. Propuestas y reacciones actuales como las de The Bad Plus (cuyo último álbum, For All I Care, les recomiendo vivamente: ¡qué versión del Comfortably Numb de Pink Floyd, por los dioses, y del Lithium de Nirvana!) nos hacen pensar que no se trata -sólo- de una manía nuestra.

La llegada de Anders Christensen al escenario, una Billie Holiday tatuada en el antebrazo y el bajo Fender a la altura de las rodillas, cual un Dee Dee Ramone, nos hizo abrigar la sospecha de que, cuando menos, no tendríamos que aguantar un nuevo alarde de digitación, todo lo más disfrutar de algún que otro punteo punki. Nuestras expectativas se vieron sobrepasadas por el gustoso concierto ofrecido por Stanko y su banda de escandinavos. El bajo simple y robusto, que recordaba a las líneas de bajo reiterativas y contundentes de la mejor orquesta de Gil Evans, la guitarra imaginativa de Bro y la frondosidad nada cargante de sus loops de armónicos, más el toque conciso y maestro de Stanko, todo bien respaldado por la sección rítmica, nos hicieron disfrutar de lo lindo. Lo mismo que Aurignac y su cuarteto, en la jam session de cada noche.

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