En torno a la salud

  • Cultura y creación artística se dan la mano en esta obra del estudio CHS para el Centro de Salud de Las Palmeritas

La arquitectura correcta sigue hablando la voz del pasado, de un pasado reciente, es cierto, pero a la postre ya patrimonializado, con lo que alcanza a tener todos los parabienes de esta sociedad blandita y mapeada de la que tanto gustan los arquitectos.

Si el programa se ajusta a la perfección en un esquema distributivo tradicional, mejor que mejor; así nadie pondrá en duda la continuidad cultural que este nuevo edificio para el uso participado de la salud -perdón, de la atención primaria- pretende establecer. Si ese vacío del patio se signa con la cruz democrática que forman dos vigas de hormigón en aspa, eso permitirá que la luz del techo se derrame hacia las galerías que lo circundan y si ese espacio es hendido por una escalera en diagonal habremos conseguido una arquitectura alineada con algunas de las dicotomías con las que Le Corbusier santificaba -idolizaba- sus proyectos. Pasado hecho presente, atesorado por la cultura arquitectónica para celebrar uno de los escenarios reales donde se expenden recetas o consejos para la buena salud.

Con todo, arquitectura trabada, compuesta, preocupada de su presencia en un espacio urbano sin cualidad, al que pretende aportar algo más que volumen: significación pop -de mano de esas grades letras lechosas que proclaman la tautología de la señalítica- o caracterización institucional resuelta con esa fachada de ladrillos coloreados que trabaja como si de un muro cortina cerámico se tratara.

Bien es cierto que esta arquitectura engrandece la disciplina con unas gotas de arte, preocupada por la significación que un espacio para la salud debe tener: ¿no es éste también uno de los paliativos de nuestra condición contemporánea?

El centro de salud se instala en un solar sensiblemente cuadrado, de 30 metros de lado, entre traseras de edificaciones y zonas libres usadas como aparcamientos. Un lugar de escasa cualidad ambiental con el que la obra no trata de contemporizar sino que, al contrario, se propone como acicate y revitalizador urbano. Para ello, asumiendo su papel de pieza significativa, se ofrece al entorno revestida con una envoltura brillante y sorprendente -tan cerrada como liviana, tan coloreada de día como iluminada de noche- que oculta tras de sí un interior firme y desnudo.

Dentro, todo se organiza a partir del gran atrio que se eleva hasta la cubierta. A él dan las galerías de distribución y espera que se asoman de forma matizada al exterior, a través de la piel cerámica calada y coloreada, localizando en el perímetro de cada planta las distintas consultas y servicios. Una sencilla composición que resuelve en sus tres plantas el complejo programa funcional, posibilitando la diversidad y cualidad espacial del interior del edificio.

Vuelan las manos de estos tres arquitectos sobre el bagaje extenso de una cultura agónica pero bien carnosa e insinuante; sus dedos tantean o pulsan los componentes de este nuevo compuesto arquitectónico que, amén de cumplir con los consejos nutricionales de la institución de la salud, protagonizan la posterior dilatación de una arquitectura finalista que los identifica y nos identifica, tan compleja ha llegado a ser la condición escindida entre individualidad creativa e identidad comunitaria.

Sí, el producto, la obra, da para ello, no hay cortedad ni embalaje para una apuesta que se quiere completa, recorrida por los palos con que se identifica la cultura y la creación contemporánea de este estudio sevillano. En esa delgada línea de combate, de compromiso, se juega hoy una parte de la arquitectura española.

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