Entre la verdad y el artificio

  • El MOMA dedica una retrospectiva a Cindy Sherman, referente de la fotografía actual

El Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) repasa hasta el 11 de junio la carrera de una de las creadoras más aclamadas de la fotografía actual, la norteamericana Cindy Sherman, a través de una selección de 170 imágenes que deja constancia de la capacidad para reinventarse de una autora que, desde una búsqueda constante, ha explorado, entre otros asuntos, la tensión entre la verdad y el artificio en la identidad humana, la posibilidad de defender una belleza con ramificaciones en lo grotesco y la vulnerabilidad de los individuos incluso cuando éstos se enfrentan al éxito o habitan un escenario concebido para la felicidad.

En la exposición se muestra al completo una de las series más memorables de Sherman, Untitled Film Stills (Fragmentos de películas sin título), una línea en la que la fotógrafa trabajó entre 1977 y 1980 y en la que indagaba en la percepción que se tiene de la mujer: se sirve de una colección de retratos en blanco y negro que simulan la estética de películas de los 50 y 60 para investigar qué rol destina el cine y por extensión la sociedad a la población femenina. La autora se acerca a distintos estereotipos de jovencitas desde la sutileza: aunque estén posando en la intimidad o deambulen por las calles, cierta sensación de inquietud cerca a sus personajes e impide que sean tan sólo estampas amables. Con la misma astucia Sherman se aproximó en sus Centerfolds (Hojas centrales), una propuesta de principios de los 80, a la mirada que el erotismo dedica a la mujer: el objeto de deseo adquiere por primera vez voluntad propia y se permite una gama de estados de ánimo impropios de la coyuntura que van del terror a la melancolía.

Ciertamente, desde sus primeros años, Sherman -que en la mayor parte de su producción se utiliza a sí misma como modelo- se ha preocupado por desafiar los clichés. Su reinterpretación de la industria de la moda parodia con ánimo malévolo las revistas del sector y depara escenas brillantes e incómodas, en las que una modelo se apunta con el dedo a la sien como si tuviera una pistola imaginaria y otra posa con gesto desencajado. Ese propósito de controversia también está presente en sus retratos históricos, en los que invoca no sin insolencia a los viejos maestros y retoma personajes de sus obras para traspasarlos al registro de la caricatura, o en los Fairy Tales o las Sex Pictures, donde recurre a los vómitos, las heces y los desnudos o perpetra escenas pornográficas con fragmentos de muñecas. Sherman, propensa a las máscaras y al humor negro, no abandona nunca sin embargo su reflexión sobre el individuo. Su visión de la alta sociedad, uno de sus últimos intereses, resulta escalofriante: la maestría de la autora ha conseguido que, detrás del orgullo con que levantan la cabeza las protagonistas, a pesar del oropel de la escenografía, el espectador sólo sienta el vacío y el miedo, la fragilidad de toda existencia. Para la comisaria Eva Respini, el discurso de Sherman, "elocuente y provocativo", ha hecho que la creadora "resuene con fuerza en nuestra cultura visual".

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