Crítica de Danza

La vida en torno a un sofá

Representación del espectáculo de la compañía de Sasha Waltz. Representación del espectáculo de la compañía de Sasha Waltz.

Representación del espectáculo de la compañía de Sasha Waltz. / eva raduenzel

En 2006 nos conquistó con Zweiland, un sencillo y hermoso fresco de un Berlín apenas reunificado. En 2008 nos visitó con la primera pieza de su célebre trilogía Travelogue, y ahora, diez años después, Sasha Waltz regresa al Central con Allee der Kosmonauten.

Siempre es un placer ver los trabajos de esta premiada creadora, pero hay que decir que las tres piezas citadas nacieron en el pasado siglo y que, desde entonces, la carrera de Waltz, inmersa desde hace unos años en diferentes géneros (como el de la ópera coreografiada) y formatos, no ha dejado de evolucionar. Si Travelogue discurría en una cocina, Allee der Kosmonauten, creada en 1996 y revisitada con ocasión del 25 aniversario de la compañía, se desarrolla en el salón de una casa. Sin duda, las primeras investigaciones de la alemana sobre el comportamiento cotidiano del ser humano la llevaron a su célula primaria: la familia.

En ese pequeño cosmos conviven seis personas de distintas generaciones que protagonizan situaciones comunes a casi todos los hogares del mundo: las disputas por y en el sofá, las riñas, el cambio de los muebles -estupenda la escena de la estantería - y también esa violencia doméstica, o mejor dicho domesticada, que todos, en muchos casos, aceptan (aceptamos) como parte de la vida cotidiana.

Sin profundizar en un tema concreto, aquí aparecen ya los ingredientes que caracterizan muchos de los trabajos de Waltz: la ironía, el distanciamiento de la realidad mediante el absurdo -abiertamente cómico en ocasiones- y un uso teatral de los objetos absolutamente extraordinario. En ese sentido, las escenas que se crean con dos simples tableros son tan dignas del mejor cine mudo como el personaje del padre (interpretado por un Juan Kruz con menos pelo pero igualmente soberbio en su fisicidad y en sus dotes con el acordeón).

Magnífico y exigente también el trabajo físico de todos, al igual que la danza cuando se hace explícita, ya sea por parejas, por sexos o, más raramente, en las escenas corales. Y como fondo de estas microhistorias, en unas pantallas vemos imágenes de interiores: velas, cortinas y pañitos de ganchillo… Un trabajo riguroso e impecable de toda la compañía, aunque sería estupendo poder ver en Sevilla alguna manifestación de su momento actual.

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