Crítica de Cine

El viento nos llevará

Muñecos animados en 'stop-motion' y plastilina protagonizan la cinta. Muñecos animados en 'stop-motion' y plastilina protagonizan la cinta.

Muñecos animados en 'stop-motion' y plastilina protagonizan la cinta.

Este glorioso fin de semana para la animación europea se completa con el estreno de La vida de Calabacín, de Claude Barras, un filme suizo de título engañoso en lo que respecta al más que cuestionable carácter infantil de su propuesta más allá del hecho de estar protagonizada por muñecos animados en stop-motion y plastilina y contar con una paleta de colores vivos y planos que, junto a su aire melancólico, nos hacen soñar en lo que podría hacer Kaurismäki si se dedicara al noble arte de la animación.

Engañoso porque podría hacer pensar en una fábula entrañable, paternalista y cándida para los más pequeños cuando de lo que se trata aquí es de cosas mayores y más serias a ras de infancia, a saber, de contar la experiencia de la orfandad y el desarraigo de un puñado de niños de la era multicultural (maravillosas y sutiles son las caracterizaciones de cada uno) que coinciden en un hospicio con reminiscencias al de Cero en conducta en el que intentarán establecer vínculos afectivos y abrirse poco a poco al mundo exterior (memorable todo el episodio de la excursión a la estación de esquí, como lo son también todas las escenas compartidas con el policía) desde el autorreconocimiento del sufrimiento en hogares rotos, la conciencia de la diferencia y la marginalidad o, en el caso de nuestro Calabacín, el parricidio accidental y culposo.

Después de una carrera en el corto donde ya se apuntaban temas, intereses y modos (Banquise, Au pays des tetes, Chambre 69), Barras debuta aquí en el largometraje con delicadeza y simplicidad de orfebre, en una depurada y minimalista escala humana que se sustancia en esas marionetas tristonas y solitarias que lo dicen todo con unos ojos profundamente expresivos y sus pequeñas boquitas apenas moldeadas para un repertorio memorable de verdaderas voces infantiles y los diálogos claros y precisos elaborados por Céline Sciamma (Tomboy, Band des filles). Pero también, como nos recuerda el colega Alberto Lechuga, en un prodigioso sentido de la elipsis, la transición o el montaje como gestos de economía, condensación, expresividad y emoción plena trasladados al universo de la animación artesanal.

No recordamos un quinteto de nominadas al Oscar al mejor largometraje de animación con tres películas tan estimulantes y heterodoxas como ésta, La tortuga roja y Kubo y las dos cuerdas mágicas. Con todo, esta es nuestra preferida.

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