'Hombre, mujer y niño', sacra familia

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HAY gestos que cambian la vida. Mientras el fenómeno de la maternidad ha determinado buena parte de la Historia universal del arte, la paternidad ha quedado relegada habitualmente a territorios mucho más solapados. Como si la demostración de los afectos correspondiera a una naturaleza indudablemente femenina, mientras que lo apropiado para el varón es la distancia como aplicación de la autoridad. A Picasso, sin embargo, la complicidad entre padre e hijo le inspiró profundamente a lo largo de su vida, pero especialmente en el último tramo, cuando implosionaron de manera libre algunos de los aspectos estéticos y humanos que le habían obsesionado en su trayectoria. El Museo Picasso Málaga conserva en su colección diversos ejemplos de paternidades pictóricas, algunos presentados tal cual y otros incluidos en conjuntos más amplios. Es el caso del óleo sobre lienzo Hombre, mujer y niño, una suerte de recreación de la Sagrada Familia repleta de simbología en el que el hijo aparece subido a los hombros del padre, a la manera de representación mesiánica que constituye uno de los muchos atractivos del enorme cuadro.

Picasso pintó esta obra en 1972, poco antes de su muerte, y condensó en ella muchos de sus argumentos plásticos. Lo que predomina ya desde el primer vistazo es la energía: el trazo se mueve hasta fluir y derrotar a las apariencias, de manera que quien observa puede distinguir dos, tres e incluso cuatro figuras. Esta metamorfosis sugiere la perfecta unidad familiar: los cuerpos aparecen indisolubles e intrincados mutuamente, unos parecen soportes o aderezos de los otros, los hijos son prendas de los padres y los padres bastiones del hijo, sólo el título del cuadro termina revelando, como en el final de un enigma, lo que en realidad se ve. Pero Picasso sabía que sus testigos verían en su obra lo que quisieran. También serían libres.

El sentido religioso y espiritual de esta especie de Trinidad en movimiento, expendedora de una fuerza creadora y a la vez íntima, se reviste además de la misma constitución especial de los protagonistas. Más que figuras terminadas y enteras, parecen ensambladas por manos humanas que hubiesen encajados huesos (ellos y ellas, todos despertados desde una costilla primigenia) a la manera de un juego infantil de construcción. La carne y el espíritu se despliegan desde un color misterioso: en el fondo, inacabado, reposan manchas de blanco y azul, sugerentes del mar o el cielo, un paisaje tal vez a la orilla de un río o el entorno de un jardín. La madre viste un ostentoso sombrero (vuele la imaginación y sucumban los ojos razonables) construido con la misma materia, más huesos sobre las cabezas. ¿Es un plato lo que aparece frente a ella? ¿Es su mano la que garantiza el alimento? La Sagrada Familia de Picasso parece, en suma, hecha de hombres y por hombres, pero la ternura que exhalan es la misma. Los ángeles terrenales prefieren el silencio del cariño.

La expresión del padre es proverbial. Su nariz, animalesca y exagerada, recuerda la predilección del malagueño por los rasgos de las bestias, aplicados a las figuras humanas como detonantes símiles. En esta ocasión, no obstante, el apéndice, aunque enorme, rebaja su poder caricaturesco y no resta la nobleza que respiran la barba, el cabello y el porte regio y a la vez inclinado al juego. Es su hijo quien lleva a hombros. Su futuro. En sus ojos grandes, un misterio: parece mirar hacia adelante, como a un camino abierto en el que la muerte no ha acampado todavía. Como un tarot decisivo y lleno de luz. Picasso lo sabía. Por eso no murió del todo.

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