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Homenaje a Joseph Conrad

  • La llama literaria de Joseph Conrad continúa viva cuando se cumple el 150 aniversario de su nacimiento l Andrew Delbanco recupera la más completa biografía del autor de 'Moby Dick'

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A Borges debo el descubrimiento de Joseph Conrad. No tenía aún veinte años, estaba yo en plena fiebre borgiana -una de las influencias más punzantes y que más hondas secuelas deja en el lector- cuando me hice, por el simple hecho de estar prologado por el argentino, con un volumen que reunía dos novelas suyas: El corazón de las tinieblas (1899) y La soga al cuello (1902). Aquella lectura generó otra dependencia menos perniciosa y encendida, pero igual de constante, y en poco tiempo busqué, hallé y gusté lo más señero de aquel polaco que escribía en inglés. Al fuego del Corazón de las tinieblas arrimé novelas magníficas como Lord Jim (1900), El agente secreto (1907) o La línea de sombra (1916), por no hablar de sus relatos, en donde pepitas hay de oro, baste citar El duelo (1908). A lo largo de los años, he vuelto a este venero cuando la ocasión o, como hoy, cuando ciertas ediciones lo han propiciado. Józef Teodor Konrad Korzeniowski (Joseph Conrad para la posteridad) nació el 3 de diciembre de 1857; el pasado lunes se cumplieron ciento cincuenta años de su nacimiento y le he rendido mi particular homenaje acercándome a un libro suyo que tenía pendiente.

El negro del Narcissus (1897) fue su tercera novela -le precedían La locura de Almayer (1895) y El vagabundo de las islas (1896)- y, como en éstas, se sirvió de su experiencia previa como marinero para arquitectar una historia que aúna viaje físico y viaje interior, aventura y ética. El negro del título es James Wait, recién incorporado a la tripulación del 'Narcissus', un navío mercante en ruta desde Bombay a Londres, el cual, al poco de embarcar, confía a sus compañeros que se está muriendo. Tuberculosis, tal vez. La noticia condiciona la actitud de la tripulación, muy propensa además a la superstición, que secunda al (presunto) agonizante en sus arbitrariedades y caprichos, compadecidos de su desgracia, indignados por su comportamiento y recelosos de la situación presente pues, dicen los más veteranos, llevar un moribundo a bordo atraerá la mala suerte al barco. Los hechos confirman estos temores: el 'Narcissus' se mete de lleno en una tormenta, y a punto está de irse a pique, y luego la tripulación intenta un motín, finalmente frustrado.

En el prólogo a su edición norteamericana, Conrad confesó las amplias ambiciones puestas en esta novela: "Es el libro mediante el cual, quizá no como novelista, sino como un artista que busca la máxima sinceridad de expresión, pretendo perdurar o desaparecer". Estas pretensiones eran legítimas y, lo sabemos ahora, erradas. El negro del 'Narcissus' se queda por debajo de tan altas miras y hoy ocupa un lugar secundario en su bibliografía, aunque sea una pieza digna en el mosaico conradiano e, incluso, un cimiento necesario para erigir los triunfos por venir.

¿Cuál es el inconveniente? Conrad busca con obcecación el "efecto artístico" y el relato se resiente. Ningún texto puede pretender que toda página, toda línea, toda palabra sean significativas como aspira Conrad. La narración debe respirar y ser construida en modo de dejar pasar el aire; siempre se agradece una página (o línea o palabra) que funcionen como ventanas abiertas para oxigenar el relato. A esa sensación de rigidez contribuye una traducción repleta de soluciones discutibles: ¿Por qué escribe el traductor "Tómalo del pelo" y no "Cógelo del pelo" en un momento en que están agarrando a Wait por su cabellera? ¿Por qué usa "Estáis tal para cual" y no "Soisý"?

El homenaje, empero, ha dado frutos. Los aciertos son suficientes y se hallan, sobre todo, en el retrato de personajes. Conrad fue un gran retratista y El negro del Narcissus convoca una patulea de seres quedos o fanfarrones, esforzados o haraganes, vivos. Entre todos, llama la atención el viejo Singleton que en cuarenta y cinco años de marinero no ha pasado más de cuarenta meses en tierra firme; su mayor afición es aprovechar cualquier pausa en el trabajo para sentarse a leer novelones ambientados en tierra, un lugar tan exótico para él como para nosotros la vida en el mar. Al cerrar el libro apremian las ganas de saber más de este lobo marino. Singleton habría merecido una novela para él solo.

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